Schola Veritatis
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Dom Joseph Gajard, Maestro de Coro de Solesmes

Manual de canto gregoriano, Laus in Eclessia

Describir en algunas páginas el retrato de dom Gajard no es cosa demasiado difícil, puesto que él mismo ha redactado una breve noticia autobiográfica que resume con sus propias palabras lo esencial de su vida. La personalidad de dom Gajard, a través de los textos que nos han sido transmitidos, irradia tal jovialidad, tal simplicidad, que uno se encuentra verdaderamente en la necesidad de dejarlo hablar, de dejarse encantar por sus reflexiones alegres y profundas, casi infantiles. Era un hombre pacificante.

Joseph Gajard nació el 25 de junio de 1885 en Sonzay, no lejos de Tours (Indre-et-Loire), el menor de una familia de cuatro hijos. De un medio humilde y modesto de artesanos y agricultores, la familia Gajard ha tenido siempre una fe profundamente enraizada. Muchas vocaciones han germinado en este terreno muy cristiano. Dom Gajard tenía un tío que era canónigo de la catedral de Tours. Tuvo además un hermano y dos sobrinos sacerdotes en la diócesis de Tours.

Joseph Gajard tuvo una infancia pacífica y feliz. Él testimoniará que su familia de la tierra era muy unida: «Familia modesta... pero feliz de su suerte, sin ambiciones ni pretensiones de ninguna clase, muy unida, sin que jamás, a mi conciencia, la menor división ni discusión se haya levantado entre nosotros.»

El servicio de Dios tenía concretamente el primer lugar en la vida de los Gajard y su padre, como buen patriarca, daba el ejemplo de una vida profundamente cristiana, «asiduo a todos los oficios de la parroquia, incluidas las vísperas del domingo (donde era el único hombre). Se puede decir que toda la familia era «de iglesia», todos tenían una función parroquial, respectivamente cantor, organista, corista, niños de coro...»

La familia amaba también la música. «Todos en nuestra casa, sin haber nunca trabajado especialmente la música, eran músicos por instinto, practicándola en la medida de lo posible, cada uno en su... radio: dirección, piano, órgano, canto.»

Dom Gajard atribuye su buen temperamento a ese medio familiar en el cual se desarrollan sus doce primeros años, un medio «profundamente puro y sano, gozoso, siempre cantando, donde todos se amaban profundamente y no encontraban su alegría más que en la intimidad de la familia.»

Después de haber hecho su primera comunión a los once años, Joseph entró a los doce años, en 1897, al seminario menor de Tours, y es ahí donde vivió los doce años que siguieron, de 1897 a 1909. Él aprendió, al contacto con los sacerdotes que encontró, a amar profundamente a la Iglesia. Es ahí también que los primeros síntomas de una vocación monástica se declararon. Dom Gajard cuenta que descubrió la vida monástica con ocasión de un viaje a la abadía de Fontgombault, entonces habitada por los cistercienses: «La impresión fue profunda, sobre todo la segunda vez; partí de ahí con un miedo terrible de tener el «microbio», pues yo no pensaba en absoluto entonces en ser monje, y la idea de dejar a todos los míos me era insoportable.»

En 1903, a los 18 años, Joseph Gajard tomó la sotana, pero dejó momentáneamente el seminario para realizar su servicio militar, en Tours mismo. Es en 1904 que entró finalmente al seminario mayor. Allí recibió el subdiaconado el 21 de diciembre de 1907. Unas semanas después de esta gracia, percibió claramente la llamada a la vida monástica: «Una iluminación de lo Alto (puedo llamarla así y precisar el día y la hora) venía a trastornar radicalmente todos mis planes, y orientar mi vida en una dirección distinta. Era el 4 de febrero de 1908, cerca de las 2 de la tarde en las primeras vísperas, recitadas en común, de santa Águeda. Y era la llamada muy clara, casi brutal, a la vida monástica, y muy precisamente a Solesmes, o más exactamente, pues la elección del monasterio no estaba en cuestión, era la llamada a Solesmes mismo.»

Dom Delatte era entonces abad de Solesmes y aconsejó sabiamente al joven postulante terminar su formación en el seminario de Tours. El padre Joseph Gajard fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1909.

Desde hacía dos años, había sido nombrado maestro de capilla en el seminario mayor, y había tenido así la ocasión de iniciarse en el canto gregoriano. «Yo trataba de hacer cantar lo mejor posible, con mi pobre bagaje, canto gregoriano y polifonía de Palestrina. No debía ser muy maravilloso; y sin embargo tomé el gusto cada vez más, y tal vez mis estudios de teología lo padecieron un poco.»

Es con esta preparación, intelectual, espiritual y gregoriana que el padre Joseph Gajard se presentó, en el otoño de 1909, en Quarr Abbey, en la isla de Wight, en Inglaterra, donde Solesmes se había refugiado desde las expulsiones de 1901. Hizo allí profesión simple el 15 de agosto de 1911. Ese mismo día, saliendo de la Misa, recibió la obediencia de trabajar el canto y de ponerse al servicio de dom Mocquereau en el taller de la paleografía musical. Paralelamente fue designado, a partir de 1913, para dar clases de canto a los huéspedes que venían a formarse en la abadía.

Y el 5 de septiembre de 1914 dom Mocquereau le anunció simplemente que él debería hacer esa misma tarde, en su lugar, la clase de canto semanal a la comunidad. «Yo no era atrevido, y me consolaba con el pensamiento de que esto era pasajero, y que no recomenzaría. Pero la semana siguiente hubo que recomenzar, y las semanas siguientes... y siempre. Es así que, sin tambor ni trompeta, me convertí en maestro de coro de Solesmes.»

Dom Gajard será maestro de coro de 1914 a 1970... una longevidad excepcional que explica la continuidad remarcable del coro de Solesmes durante esos años.

A partir de 1913, por invitación de san Pío X, Solesmes retomó el trabajo de las Ediciones Vaticanas en vistas a los libros que faltaban todavía por publicar. El canto de la Pasión fue editado durante la guerra. Los maitines de Semana Santa aparecieron en 1922 y los de Navidad en 1926. Dom Gajard fue el principal artífice de estas publicaciones. Comenzó igualmente a redactar numerosos artículos que aparecieron en la Revista Gregoriana, especialmente en torno a la cuestión rítmica.

En 1920 dom Mocquereau fue por primera vez a los Estados Unidos, por petición de madame Justine Ward. Dom Gajard lo acompañó. A partir de la vuelta de los monjes de Solesmes a Francia, en 1922, el trabajo en el taller de paleografía continuó y los visitantes se hacían cada vez más numerosos. Dom Gajard debía responder a las preguntas y justificar el Método de Solesmes ante los que testimoniaban su escepticismo. Él remarca: «Felizmente, la audición del coro me fue de gran ayuda; fue para muchos, a quienes había machacado el cráneo, una verdadera revelación, hasta tal punto la realidad se asemejaba poco a las caricaturas que se había hecho delante de ellos. Las discusiones bastante vivas al comienzo, no tardaron en ir disminuyendo, y antes de 1930 habían cesado totalmente. Los visitantes, como ahora, exponían ocasionalmente, pero con mucha calma, sus dificultades y objeciones, y se hacía la práctica.»

En diciembre de 1922, en un Congreso de Música Sacra, organizado en París por el Arte Católico, el cardenal Dubois quiso imponer el Método de Solesmes, como también la presencia de dom Mocquereau, a quien se le pidió una conferencia. Dom Mocquereau pidió a dom Gajard que lo acompañara y fue él quien pronunció la conferencia en su lugar. El éxito fue completo y su fruto más tangible fue la creación, un año después, en diciembre de 1923, del Instituto Gregoriano de París. Durante dos años completos dom Gajard fue cada semana, de miércoles a viernes, de Solesmes a París, para asegurar los cursos de canto gregoriano, lo cual favorecía poco la vida monástica. Poco a poco, y gracias a los conocimientos adquiridos por profesores competentes, los cursos de dom Gajard se convirtieron en mensuales, luego trimestrales, después anuales y finalmente ocasionales.

Otro trabajo importante esperaba a dom Gajard. Dom Mocquereau, que se sentía envejecer, no quería morir antes de ver aparecer el segundo volumen de su obra mayor, el Número Musical Gregoriano. Esta redacción ocupó al maestro de coro de Solesmes durante muchos años, en una estrecha colaboración con el gran monje teórico. «Dom Mocquereau me pasaba su redacción, que él había hecho integralmente, trozo por trozo, con la misión de revisar todo, de agregar, cortar, modificar, sobre todo de coordinar (pues males de cabeza le impedían trabajar largo tiempo de continuo, y por otra parte no tenía bastante memoria para acordarse de lo que había escrito los días precedentes y tenía necesidad de una última mano: quitar las repeticiones, tapar los agujeros, arreglar de otra manera los parágrafos). Yo tenía poder para todo. Y el querido padre me testimoniaba una confianza que me confundía. Evidentemente, he trabajado mucho en este volumen, he conseguido tal vez aclarar ciertos pasajes, pero tengo que decir que es obra suya, que él es el gran, digamos el único responsable.» Finalmente el volumen apareció en 1927.

A partir de 1927 dom Gajard, a la cabeza de un equipo de monjes, se lanzó a la redacción del Antifonal Monástico. Esta vez fue él el gran responsable de esta obra. Dom Mocquereau había acabado su carrera. Murió súbitamente, en la mañana del 18 de enero de 1930. Dom Gajard fue inmediatamente nombrado a continuación de él como director del taller de Paleografía, y recibió de su padre abad, dom Cozien, la misión de continuar la obra proseguida desde hace tantos años, en el mismo sentido y con el mismo espíritu. El Antifonal Monástico apareció en 1934.

En 1930 también, poco después de la muerte de dom Mocquereau, muchos discos fueron registrados en Solesmes, testimonios bastante impresionantes del vigor del coro en esa época y también de la perfección rítmica que había adquirido ya y que se afinará todavía durante los decenios que seguirán. Pero es a partir de 1950 que las grabaciones se sucederán muy regularmente en Solesmes, constituyendo un tesoro verdaderamente incomparable.

Dom Gajard continuó igualmente la obra científica de dom Mocquereau a través de diferentes revistas: la Paleografía Musical, que se vio doblada en 1955 con otra revista complementaria: Los Estudios Gregorianos, reservada a los artículos de tipo científico, mientras que la Paleografía era destinada exclusivamente a la reproducción fotográfica de los manuscritos. Participó también activamente en la continuación de la Revista Gregoriana, que había sido interrumpida durante la segunda guerra mundial, y de la cual se convirtió en director hasta 1953, con la preocupación de mantener esta publicación en un espíritu de ayuda directa a las parroquias y a las corales gregorianas.

A toda esta actividad claustral se agregaba un apostolado gregoriano que revestía múltiples formas: conferencias (por serie o de forma puntual), la participación en jornadas o sesiones gregorianas, por todas partes en Francia y también en el extranjero, donde hizo numerosos viajes entre 1930 y 1960; cursos de canto asegurados en Le Mans, Angers, París; estadías en numerosos monasterios que se han beneficiado muy ampliamente de su arte y de su pedagogía maravillosa. Dom Gajard ha redactado una lista impresionante de todas estas intervenciones que testimonian su irradiación discreta en la Iglesia.

La abadesa de Argentan podía escribir de él, poco después de su muerte: «Es imposible saber cuál fue, en el mundo entero, la influencia directa o indirecta que ejerció sobre todos aquellos que han rezado y rezan todavía el canto gregoriano, de aquel que se puede considerar como un maestro en esta materia. Con dom Mocquereau ha sido un pionero, después de él ha sido el difusor del Método de Solesmes, a tal punto que su nombre se ha convertido casi en sinónimo de «canto gregoriano». Podemos admirar en su vida la belleza de un don musical excepcional, pero también de un trabajo paciente y jamás terminado. Pero lo que admiramos sobre todo, nosotros que hemos tenido la oportunidad de tenerlo como maestro y como amigo de nuestro monasterio, es la unidad de su vida de monje, toda entregada al Opus Dei, a la oración litúrgica.»

«Para él, el canto gregoriano no era música, era la oración cantada de todo el ser, una oración como la quiere san Benito: interior, respetuosa, humilde y pacífica. Y lo que él nos decía lo vivía como verdadero benedictino. Este hombre célebre en el mundo entero había permanecido humilde como un niño. Los elogios que s ele podían hacer eran como absorbidos por su amor por la oración cantada y sobre todo por Aquel a quien esta se dirigía. Él era feliz de hacer el bien, no porque era su obra, sino porque era «para la gloria de Dios». Fue para nosotros un bello ejemplo de la juventud que puede guardar la sensibilidad cuando se pone toda entera al servicio de la fe, de la esperanza, y de la caridad, cuando se dilata en la oración, en la fidelidad amante al oficio divino.»

Dom Gajard permaneció como maestro de coro en Solesmes hasta 1970. Tenía 85 años. Él decía con gusto, con una sonrisa, que los obispos dimitían a los 75 años, los cardenales a los 80 y los maestros de coro a los 85. Conoció también el sufrimiento de ver el canto gregoriano abandonado en la tormenta litúrgica de esos años. Pero supo guardar su alma en Dios. La abadesa de Argentan escribía también: «Una vida como la de dom Gajard es un éxito, y esto tanto más cuanto que ha estado sembrada de dificultades y marcada por numerosas cruces; estos últimos años sobre todo, el desinterés que se ha manifestado por el canto gregoriano ha sido un profundo sufrimiento para él, que se había enteramente entregado a esta obra, y que medía su precio. Dom Gajard no ha tenido agonía, pero el Señor ha permitido esta purificación, que además le dejaba la esperanza de que un día el canto gregoriano que parecía morir en la Iglesia, encontraría su lugar.»

Es el 25 de abril de 1972 que dom Joseph Gajard ha alcanzado la Jerusalén celestial, la ciudad de Dios, ciudad de alabanza y de luz.

Dom Jean Claire, el sucesor de dom Gajard como maestro de coro de Solesmes ha testimoniado la forma en que el padre celebraba su Misa rezada en la mañana después del oficio de la noche, en el silencio de la iglesia abacial. Él articulaba cada sílaba con el cuidado de una dicción latina muy clara y muy precisa. Pero iba más lento en el momento de las piezas que son cantadas en la misa solemne, saboreando interiormente las melodías que sabía de memoria para impregnarse mejor de la gran oración de la Iglesia en su integralidad: bello ejemplo de toda participación litúrgica.

Concluyamos con algunas reflexiones del mismo dom Gajard:

«En el canto gregoriano, todo está combinado de tal forma que no se puede alcanzar la belleza sin alcanzar inmediatamente la oración total, y no se puede tener la oración total sin tener la belleza. Es lo que hace esta magnífica cosa que se llama el canto gregoriano.»

«Mire Ud, es verdaderamente necesario que su canto sea vivo, sea orante. Es necesario que vibre, que cante, que Ud no cante con la punta de los labios, sino que cante totalmente.»

«Si se quisiera definir el canto gregoriano, se podría decir que es una mirada, una inmensa mirada contemplativa entera cargada de amor de Dios... Es algo difícil de hacer comprender. Esta es la razón por la cual no se ama este canto... No es suficientemente artístico... no hay bastante ruido, ni bastante movimiento, es demasiado interior. Todos los que han querido servirse de este canto para formar sus grupitos haciéndoles cantar muy bien al explicarles las melodías, constatan que llegan a transformaciones radicales.»


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