Schola Veritatis
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Historia de la vida monástica

San Antonio

Si podemos decir que la vida monástica fue establecida por el Señor, deberíamos poder encontrar en el Evangelio las primicias de esta vida. Sin embargo, no aparece en los Evangelios que nuestro Señor Jesucristo haya fundado un monasterio, o haya Él mismo llevado una vida propiamente monástica. Pero sí debemos sostener que las fuentes de la vida monástica se encuentran en el mismo Evangelio, en el sentido de que es la respuesta a los consejos dados por el Señor, en vistas a una pertenencia exclusiva a Dios. La guarda de los consejos evangélicos se ha cristalizado en la práctica de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, ilustrados los tres por diferentes pasajes evangélicos (cf. Mt 19, 16-22 ; Mt 19, 11-12 ; Jn 4, 34 ; etc.) Por tanto, podemos decir que en el Evangelio se encuentra una llamada a un estado de vida de perfección, que ha sido escuchada y ha ido tomando forma a lo largo de los siglos.

Desde los orígenes del cristianismo podemos encontrar los gérmenes de la vida monástica: la vida apostólica, los escritos de los primeros Padres de la Iglesia, las vírgenes consagradas y los primeros ascetas. Estos últimos, desde la segunda mitad del siglo IIº, en Egipto, comenzaron a aislarse de las ciudades, buscando una mayor soledad.

El monaquismo propiamente dicho comenzó como un eremitismo: un asceta se retira del mundo para llevar una vida de soledad, de silencio y de oración. Atraídos por esta vida, algunos discípulos comienzan a rodearlo. Este movimiento comenzó principalmente en Egipto: la Tebaida y los desiertos de Escete y de Nitria se poblaron de solitarios. Estos son los llamados “Padres del desierto”. Los primeros fueron san Pablo de Tebas (230-347?) y san Antonio (251-356). Este último es considerado a justo título como el padre de la vida monástica. Su vida fue escrita un año después de su muerte por san Atanasio, obispo de Alejandría. Esta ejerció una gran influencia en su época.

Otro nombre de gran importancia en los orígenes del monaquismo es el de san Pacomio (292-346). Él desarrolló una nueva forma de vida: el cenobitismo, monaquismo de vida común, bajo una regla. La organización de sus monasterios en una comunidad alcanzó un gran éxito, dejando a su muerte más de 3000 monjes en nueve monasterios, más dos monasterios de monjas.

A fines del siglo IV Egipto estaba poblado de monjes. No había ciudad que no tuviera sus ascetas y ermitaños. Había grandes aglomeraciones de monjes en los desiertos y grandes monasterios cenobíticos.

En Asia Menor, el organizador de la vida monástica fue san Basilio. Sus “Reglas monásticas” contienen las respuestas que daba a las comunidades por él visitadas. Su orientación es claramente cenobítica, ejerciendo gran influencia sobre los monjes orientales. El mismo san Benito se inspirará ampliamente de los principios de aquel que llama “nuestro Padre san Basilio” (Regla, cap. 73).

San Marón

En Occidente pronto fueron conocidos los escritos y las prácticas monásticas de Oriente. San Atanasio contribuyó grandemente a ello, con ocasión de su exilio en Italia (335-337), en especial con su Vida de san Antonio. Pronto alcanzó la vida monástica gran desarrollo, muchas veces por impulso de los mismos obispos.

En África, san Agustín transformó su casa familiar de Tagaste en un monasterio, constituyendo otro junto a su catedral cuando fue nombrado obispo de Hipona. Su regla elabora una síntesis de toda la vida monástica.

En las Galias destaca la gran figura de san Martín (+397). Después de largos años pasados en el ejército, se instaló en Ligugé, cerca de Poitiers, primero como ermitaño y luego como abad de un monasterio, el más antiguo de Occidente. Ya como obispo de Tours, fundó otro monasterio, Marmutiers, donde se retiraba con frecuencia, reuniendo numerosos discípulos. La gran popularidad de san Martín contribuyó a expandir ampliamente los principios de la vida monástica.

Así podríamos seguir citando otros ejemplos, como san Juan Casiano (360-435) con el monasterio de san Víctor de Marsella, san Honorato en la isla de Lerins, san Cesáreo de Arlés, etc.

Pero, sin duda, ha sido san Benito, justamente llamado el “Patriarca del monaquismo occidental”, quien acabó de dar una forma clara y precisa a la vida monástica. Nacido cerca del año 480 en Nursia, estudia en Roma y huye de la gran ciudad para consagrarse a Dios en la soledad. Tres años vivió como ermitaño en Subiaco, estableciéndose luego en Montecassino, elaborando una Regla que será la base de la vida monástica a lo largo de toda la Edad Media y hasta nuestros días.