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El carácter patógeno de la cultura contemporánea III (final)

Martín Federico Echavarría

Terminamos en este post con la reproducción de la tercera parte del artículo: «El caracter patógeno de la cultura contemporánea» del profesor Martín Echavarría.

Martín F. Echavarría es Doctor en Filosofía (Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Roma, 2004); Licenciado en Filosofía (UCA, Buenos Aires, 1999); Licenciado en Psicología (UCA, Buenos Aires, 1997); Director del Departamento de Psicología de la Universitat Abat Oliba CEU (Barcelona). Autor de los libros: La praxis de la psicología y sus niveles epistemológicos según Santo Tomás de Aquino; De Aristóteles a Freud: Historia filosófica de la psicología; yCorrientes de psicología contemporánea.

Aquí va, entonces, la tercera parte del artículo (los destacados en negrita y cursiva, como siempre, son nuestros):


6. Una sociedad contra natura

Tanto la enfermedad corporal, como el desorden moral, lo mismo que el desequilibrio psíquico, son disposiciones contrarias a la naturaleza (1). No es extraño, entonces, que una sociedad artificial, construida de espaldas al orden natural, conlleve el desequilibrio contra la naturaleza, al menos en el orden anímico.

Santo Tomás, con Aristóteles, distinguía dos tipos de desequilibrio del alma , ambos contrarios a la naturaleza: uno en el que las disposiciones son contrarias a la naturaleza específica del hombre, su racionalidad; y otro en el que no sólo se contradice la recta razón, sino también las disposiciones que son connaturales al hombre en cuanto animal, es decir las de nivel psico-sensitivo:

Una cosa puede ser contra la naturaleza del hombre de dos modos: Uno contra la naturaleza de la diferencia constitutiva del hombre, que es racional; y así se dice que todo pecado es contrario a la naturaleza del hombre, en cuanto es contra la razón recta. Por eso dice Juan Damasceno en el l. II de La fe ortodoxa que el ángel que pecó cayó desde lo que es según la naturaleza a lo que es fuera de la naturaleza. De otro modo se dice que algo es contra la naturaleza del hombre en razón del género, que es animal.(2)

El desorden contra la naturaleza racional del hombre, es el vicio humano . El desequilibrio de sus inclinaciones psico-sensitivas en cuanto tales, es un viciosecundum quid, llamado vicio contra natura. Estos desórdenes pueden darse respecto de cualquiera de las inclinaciones del apetito sensitivo. Son ejemplos de estos desórdenes, según el Estagirita y el Aquinate: las inclinaciones sexuales contra natura (sodomía, zoofilia, parafilias), las fobias, las inclinaciones a comer lo que no es conveniente a la propia naturaleza; las inclinaciones antisociales, entre otras. Hemos demostrado en otro lado, que en esta categoría se pueden colocar varios de los trastornos clínicos que figuran en las clasificaciones de las enfermedades mentales (especialmente las afecciones neuróticas), como también los trastornos de la conducta y la identidad sexual, así como varios trastornos de la personalidad(3).

Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, señala una triple causa posible de estas inclinaciones contranaturales : un problema constitucional del organismo; una enfermedad corporal; una causa psíquica o conductual, es decir, las malas costumbres, especialmente las adquiridas desde la infancia.

Sucede que lo que es contrario a la naturaleza del hombre, o en cuanto a la razón, o en cuanto a la conservación del cuerpo, se haga connatural a este hombre particular por alguna corrupción de su naturaleza. Ésta puede provenir, o del cuerpo, es decir por una enfermedad, como a los que tienen fiebre las cosas dulces les parecen amargas y viceversa; o por una mala constitución, como algunos gozan en comer tierra o carbones, o cosas semejantes. O también puede provenir del alma, como por la costumbre algunos sienten placer en el comer hombres, o en el coito con animales o con otros varones, u otras cosas de este tipo, que no son según la naturaleza humana(4).

Cuando la causa es anímico-conductual, santo Tomás designa a este trastorno «aegritudo animalis» , enfermedad animal, en el sentido de un desequilibrio específico del nivel psico-sensual en cuanto tal.

[Aristóteles] pone ejemplos de lo que se hace placentero contra la naturaleza por costumbre. Y dice que algunos caen en goces antinaturales por una corrupción o enfermedad interior que proviene de la costumbre. Como algunos por costumbre sienten placer en arrancarse los cabellos, y morderse las uñas, y comer carbón y tierra, como también el coito entre varones. Todas estas cosas, que son placenteras contra la naturaleza, se pueden reducir a dos. A algunos les acaece por la constitución natural de su cuerpo, que recibieron de su principio. Pero a otros, por costumbre, como quienes se acostumbraron a ello desde la niñez. Y algo semejante pasa con los que les sucede esto por una enfermedad corporal. Porque una costumbre perversa es como unaenfermedad psíquica [aegritudo animalis](5).

Que las falsas leyes, las leyes injustas, promueven la conformación de vicios contra la recta razón es patente . Es característico del gobierno corrupto, del gobierno tiránico, dice santo Tomás, promover el vicio del pueblo. Porque el tirano no gobierna en orden al bien común, sino en orden a su propio bien particular. Por este motivo, debe promover la discordia, en vez de la amistad política, y debe procurar que los individuos busquen desordenadamente su bien particular:

Puesto que el Tirano, rechazado el bien común, busca su bien privado, se sigue que oprima a sus súbditos de muchas maneras, según que está sujeto a diversas pasiones por conseguir algún bien. Quien tiene la pasión de la codicia, roba el bien de sus súbditos: por ello dice Salomón: «El rey justo endereza la tierra, el hombre avaro la destruye». Si está sujeto a la pasión de la iracundia, derrama sangre por nada, por lo que dice Ezequiel, XXII, 27: «Sus príncipes están en medio de ellos como lobos que capturan su presa para derramar sangre». […] De este modo, no habrá ninguna seguridad, sino que cuando nos separamos del derecho todo es incierto, ni se puede asegurar nada que dependa de la voluntad de otro, no digamos ya de su capricho. Y no sólo en lo corporal oprime a sus súbditos, sino también impide sus bienes espirituales, porque quienes quieren prevalecer más que servir, impiden todo progreso de sus súbditos, sospechando que cualquier excelencia de sus súbditos va en detrimento de su inicua dominación. Pues para el tirano son más sospechosos los buenos que los malos, y siempre les parece peligrosa la virtud ajena. Los tiranos procuran que sus súbditos que llegaron a ser virtuosos tampoco desarrollen un espíritu de magnanimidad, y que no dañen su inicua dominación; y que entre sus súbditos no se consolide una relación de amistad, ni que gocen mutuamente de la ventaja de la paz, de tal modo que mientras uno no confíe en el otro, no puedan tramar nada contra su dominio. Por eso siembran discordias entre ellos, y si ya existen las alimentan, y prohíben todo lo que pertenece a la unificación de los hombres, como los matrimonios y fiestas, y otras cosas por el estilo, por las que suele generarse la familiaridad y la confianza entre los hombres. También intentan que no lleguen a ser poderosos ni ricos, porque sospechando de sus súbditos, de acuerdo a la malicia de su propia conciencia, ya que ellos mismos usan su poder y riquezas para dañar, temen que el poder y la riqueza de sus súbditos resulten nocivos para ellos. Por eso, en Job XV, 21, se dice del tirano «El sonido del terror está siempre en sus oídos y cuando hay paz (es decir cuando nadie intenta ningún mal contra él), él siempre sospecha traiciones». Por eso sucede que mientras los gobernantes, que deberían inducir a sus súbditos a la virtud, envidian inicuamente la virtud de sus súbditos y la impiden deliberadamente, se encuentran pocos virtuosos en los lugares gobernados por tiranos. […] Pues es natural que los hombres criados bajo el yugo del terror, degeneren hacia un ánimo servil y se hagan pusilánimes para cualquier obra viril y enérgica; lo que es evidente por experiencia en las provincias que fueron gobernadas durante mucho tiempo por un tirano(6).

Pero los malos gobiernos y las malas leyes también se cuentan entre las causas que pueden inducir a los gobernados a tener tendencias contra la naturaleza, no sólo de la razón, sino de su sensualidad natural. Si las malas costumbres son causa deaegritudo animalis, es decir de desequilibrio psíquico, las malas leyes pueden ser causa de este desorden -que Aristóteles llama bestialidad-.

Afirma [Aristóteles] que hay tres modos por los que algunos se hacen bestiales. El primero, es por la convivencia social, como en los bárbaros, que no son regidos por leyes racionales, algunos por una mala costumbre de la convivencia caen en la malicia bestial. Segundo, sucede a algunos por flaquezas o privaciones afectivas, es decir por la pérdida de seres queridos, por las que caen en la locura y se hacen como bestiales. Tercero, por un gran aumento de malicia, por la que sucede que acusemos a algunos, llamándolos bestiales. Porque, como la virtud divina se encuentra raramente entre los buenos, también la bestialidad raramente se encuentra entre los malos, y parece que hay una correspondencia entre los opuestos(7).

Esta última afirmación nos puede empezar a dar la clave de interpretación última del carácter patógeno de la cultura actual . La multiplicación, no sólo del vicio, sino de inclinaciones que desequilibran al ser humano a nivel psico-sensitivo, puede tener una explicación próxima en la profunda desestructuración de las circunstancias familiares y sociales que hacen posible el desarrollo propiamente humano.

Pero la explicación última y profunda es de tipo teológico: el rechazo del orden natural va parejo con el rechazo del orden sobrenatural, e históricamente el primero deriva del segundo, pues la modernidad ilustrada comenzó afirmando lo natural frente a lo sobrenatural, para terminar disolviendo el orden natural mismo. Primero se rechazó a Dios y después se disolvió al hombre, no sólo en la teoría, sino también en el orden operativo, haciendo difícil una vida humana cabal. Esto no es más que la transcripción psicológica de un principio metafísico: «Las cosas que han sido hechas de la nada, por sí mismas tienden a la nada» -«quae ex nihilo facta sunt, per se in nihilo tendunt»(8). Las cosas creadas, hechas por Dios de la nada, sin el sostén metafísico de Dios desaparecen Desde el punto de vista operativo, esto se traduce así: el hombre está hecho para Dios, cuando se aparta de Dios se autodestruye en sus estructuras operativas. Se trata de la progresión ya explicada por san Pablo, desde el rechazo del verdadero conocimiento de Dios, hasta la caída en los desequilibrios contra natura(9).La «nerviosidad moderna», como la llama Freud, no es el resultado de «la moral sexual cultural»; ni ella, ni ninguno de los trastornos influidos por factores psicosociales. Son una consecuencia penal de la rebelión de la sociedad occidental contra su vocación profunda, sobrenatural. Por eso decayó de su inclinación a la Verdad al amor de las cosas mudables, a lo transitorio y en constante cambio, con lo cual sus afecciones también quedaron sujetas al constante cambio, y su personalidad y la de sus hijos, a desarrollarse sobre terreno inseguro:

El hombre ocupa un lugar intermedio entre Dios y los animales irracionales, y está en contacto con ambos extremos: con Dios por su intelectualidad y con los animales por la sensualidad. Como el hombre cambió lo que es de Dios hasta adorar a las bestias, Dios permitió que lo que es divino en el hombre según la razón quedara sujeto a lo que es animal en él, o sea al deseo de la sensualidad. […] Esto es contrario al orden natural del hombre, según el cual la razón gobierna al apetito sensible […] Dejó a los hombres bajo el poder de los deseos de su corazón como en mano de amos crueles […].(10)

Por eso, es decir porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira, los entregó Dios, no empujándolos al mal sino abandonándolos, a pasiones infames, es decir a los pecados contra la naturaleza, que se llaman pasiones, en cuanto se llama propiamente «pasión» lo que arrastra a otro fuera del orden de su naturaleza, como cuando el agua se calienta o el hombre se enferma. Por eso, como por estos pecados el hombre se aparta del orden natural, convenientemente [san Pablo] las llama pasiones(11).

La situación actual es el resultado de un largo proceso de disgregación de la civilización cristiana y humana . Hoy nosotros y nuestros hijos vivimos el resultado penal de las faltas de nuestros ancestros, de nuestra sociedad y cultura, no necesariamente como una culpa personal. Ese legado «patógeno», no sólo se cristaliza en costumbres y leyes injustas, sino en un cada vez más acentuado proceso de artificialización, del intento prometeico de autoconstrucción, que está llevando a la disolución de las bases psico-sensitivas de la vida humana. Los vicios contra natura, decía santo Tomás, son la contracara de las virtudes heroicas.

La promoción cultural de lo contra natura, es un signo no sólo de decadencia cultural, sino del retorno a una esclavitud de la que Cristo vino a librarnos , y hacia la que estamos regresando. No basta pues, hoy, con la promoción y el despliegue de los valores y virtudes naturales, que deben ser sin duda desarrollados y defendidos contra sus poderosos impugnadores, que mueven el mundo en base al dinero y a la mentira. Es necesaria la virtud heroica. Esa virtud viene de Dios. En Él pues, en su Misericordiosísimo Corazón, debemos buscar el remedio para nuestra sociedad enferma.

 

(1) Sobre la noción de enfermedad psíquica, cf. Echavarría, M. F. (2008). Las enfermedades mentales según Tomás de Aquino [I]. Sobre el concepto de enfermedad. Scripta Mediaevalia, 1, 91-115; Echavarría, M. F. (2009). Las enfermedades mentales según Tomás de Aquino [II]. Sobre las enfermedades (mentales) en sentido estricto, en Scripta Mediaevalia, 2, 85-105; Echavarría, M. F. (2006). La enfermedad psíquica (aegritudo animalis) según santo Tomás. Proceedings of the International Congress on Christian Humanism in the Third Millennium: The Perspective of Thomas Aquinas, Vatican City: Pontificia Academia Sancti Thomae Aquinatis, 441- 453; Echavarría, M. F. (2007). Enfermedad mental y responsabilidad ético-jurídica. AA. VV. Encuentro Internacional de Profesores de Derecho Penal de Universidades Católicas. Buenos Aires: A-Z editora – UCA, 58-66.

(2) Super Romanos, cap. 1, l. 8.

(3) Cf. Echavarría, M. F. (2010b). La praxis de la psicología y sus niveles epistemológicos según santo Tomás de Aquino. La Plata: UCALP.

(4) Summa Theologiae I-II q. 31 a. 7 co.

(5) Sententia Ethic., lib. 7, l. 5, n. 7.

(6) De regno, lib. 1, cap. 4.

(7) Sententia Ethic., lib. 7, l. I, n. 12.

(8) Tomás de Aquino, De veritate, q.5, a.2, s.c. 5.

(9) Rm, 18-27: «En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío.»

(10)Super ad Romanos, c. I, l. VII, n. 137.

(11)Ibidem, c. I, l. VIII, n. 147.


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