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El carácter patógeno de la cultura contemporánea II

Martín Federico Echavarría

Según lo prometido, continuamos con la reproducción de la segunda parte del artículo: «El caracter patógeno de la cultura contemporánea» del profesor Martín Echavarría. 

Martín F. Echavarría es Doctor en Filosofía (Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Roma, 2004); Licenciado en Filosofía (UCA, Buenos Aires, 1999); Licenciado en Psicología (UCA, Buenos Aires, 1997); Director del Departamento de Psicología de la Universitat Abat Oliba CEU (Barcelona). Autor de los libros: La praxis de la psicología y sus niveles epistemológicos según Santo Tomás de Aquino; De Aristóteles a Freud: Historia filosófica de la psicología;yCorrientes de psicología contemporánea.

Aquí va, entonces, la continuación del artículo:

 

 

3.  Personalidad y cultura

El hombre es un animal familiar y cívico, tal como decía Aristóteles, es decir, que está inclinado por naturaleza a vivir en sociedad. Por eso, en la conformación de su carácter o personalidad, juega un papel fundamental la ordenación de sus disposiciones interiores a la vida social. Por este motivo, la virtud de la justicia generallegal es de alguna manera la forma de las virtudes morales, en la medida en que ordena las disposiciones referidas a las propias emociones y conductas al bien común(1), así como el vicio opuesto, no sólo lo indispone para la vida social, sino que desorganiza su personalidad también en sus inclinaciones afectivas.

En la concepción aristotélico-tomista, que no es un racionalismo cosmopolita, sino un profundo realismo, si bien las virtudes fundamentales son las mismas para todos los hombres, son también en cierta manera diferentes según el contexto social, justamente por ser perfecciones de la persona humana, que es un individuo concreto y situado históricamente. Aquellas exigencias que emanan directa o próximamente de la naturaleza humana, expresadas sintéticamente en el decálogo, son comunes a todo el género humano(2). Pero todo el conjunto de detalles que regulan la vida humana en concreto está sujeta a muchas determinaciones que dependen de circunstancias históricas y sociales, que son el producto de la adecuación de una sociedad a sus circunstancias materiales e históricas, y que se van atesorando en la cultura de un pueblo, que cuando es sana, en cuanto acervo tradicional, encierra una sabiduría que el individuo por sí mismo no podría alcanzar. Así como los hábitos (virtudes y vicios) son como una segunda naturaleza, y sus inclinaciones son vividas como algo que tiene la fuerza de la naturaleza misma, de modo semejante, su cultura es para una sociedad casi como una segunda naturaleza, y los modos, normas y costumbres sociales son vividos como algo natural(3). La cultura encierra el ethoscomún de un pueblo, así como el carácter es el ethospropio de un individuo(4). Éste está llamado interiormente e instado desde las instituciones sociales y desde los miembros adultos de tal sociedad a asimilar ese ethos común en su ethos individual(5), en la medida en que éste no puede sino vivir en una sociedad concreta, con determinados usos y costumbres que garantizan la realización del bien humano, de la justicia y de la paz para esa determinada comunidad. Para esto sirven las virtudes políticas, y en particular la justicia general, que organiza la personalidad en orden al bien común, tal como se dijo.

Es por este motivo que Aristóteles promovía que la educación de los jóvenes estuviera dirigida a formar la virtud en sus concretas circunstancias, y especialmente en sus circunstancias socio-políticas(6). Para este propósito existen las leyes, que son una ordenación racional al bien común. La ley se asimila en la estructura de la personalidad a través de un hábito específico, que a su vez es estructurante del resto de hábitos morales, que si es virtud es la justicia general o legal.

Ya dentro de un régimen político justo, es decir orientado al bien común por leyes racionales, o sea acordes a la naturaleza humana y a su concreta e histórica constitución (no a una constitución impuesta en modo externo a su cultura y tradición, sino su real y auténtica constitución tradicional(7)), promulgadas por autoridades justas, una persona puede apartarse de la ley, y desarrollar una personalidad en desacuerdo tanto con la ley natural como con las leyes positivas y con la tradición de su sociedad, haciéndose injusta e impía; de modo semejante a como una persona puede desarrollar hábitos morales opuestos, mejores o peores, a los que le enseñaron en su hogar. El ser humano, justamente por su carácter racional, está dotado de libre arbitrio, y no está completamente determinado por sus circunstancias socio-culturales.

 4. Una cultura enferma

Pero una cultura puede enfermar moralmente, y por eso ser fuente de patología moral y de desequilibrio psíquico de los miembros de esa sociedad. Esta enfermedad puede tomar varias formas, de las que destacamos dos: a. la esclerosis de una cultura originalmente sana; b. la autodestrucción cultural de la sociedad.

            a. Llamo «esclerosis de una cultura» a un fenómeno que se ha dado muchas veces en las sociedades, y que consiste en que la cultura deja de estar al servicio del bien común para transformarse en un fin en sí mismo, es decir, se deifica, como sucedió en los tradicionalismos románticos, que se metamorfosearon en los nacionalismos que hoy amenazan con destruir varias naciones europeas. Por esta vía, la cultura cierra el paso al desarrollo universal propio de la mente humana, y a la relación cordial con las otras naciones y culturas, dando lugar a una especie amor desordenado de sí (filautía), de egoísmo colectivo, que tiende a plasmarse también en los rasgos caracteriales de los individuos(8).

            b. La autodisolución cultural de un pueblo se da, por otro lado, por la difuminación y disolución de sus costumbres y modos de vida específicos, y es el proceso que principalmente tiene lugar en nuestros días por la aplicación del cosmopolitismo ilustrado en el proceso de mundialización. Si en el mal anterior vislumbrábamos un endiosamiento de la propia cultura, en este otro caso, la propia cultura se destruye en aras de una Humanidad global autodivinizada. Ahora bien, en esta enfermedad social, al menos tal como concretamente la vivimos en nuestros días, se da un doble movimiento: Por un lado, la imposición de idénticas normas y estilos de vida a todas las sociedades, con independencia de su historia y tradiciones. Normas que se presentan como progresistas e incluso socialistas. Por el otro, la instauración del individualismo más extremo: esas leyes idénticas para todos estarían al servicio de la autorrealización autónoma de los individuos y de su emancipación de cualquier intento de dominación exterior, individual y social(9). Con esta «limpieza» de toda característica cultural particular, son barridos en occidente el cristianismo, como religión supuestamente meramente cultural, que por ahora es hostilmente tolerada, y los preceptos de la moral natural, identificados como meros productos culturales de occidente.

Este último mal, que es el que estamos padeciendo en estos días en todo el mundo, se nutre filosóficamente de las fuentes de la filosofía inmanentista moderna y posmoderna (o mejor, tardomoderna).

 5. Características patógenas de la cultura actual

Entre las características de la filosofía que fundamenta la (anti)cultura que padecemos, y que tienen incidencia en la producción de un ambiente patógeno, sin ánimo de ser exhaustivos, podríamos mencionar las siguientes, íntimamente conectadas entre sí:

a. La concepción del ser como devenir: Esta característica es la más fundamental y la más grave, así como el fundamento de las otras. Tras las huellas de la filosofía moderna, la nueva cultura global da por sentado que el ser es puro devenir. Es decir que no existen sustancias permanentes, que las cosas no tienen esencias, sino que las distintas realidades son un tránsito hacia otras figuras que se suceden constantemente. Estas ideas están presentes en la filosofía dialéctica (Hegel, Marx), lo mismo que en el evolucionismo ideológico y aparecen en distintos contextos. Por ejemplo, con frecuencia se leen en los psicólogos, que afirman que el hombre es un constante fluir que no está llamado a ninguna perfección, ni virtud, ni felicidad última, sino a conectar con los estados cambiantes de su organismo, ideas que aplican después en el tratamiento de los individuos(10).

También han penetrado en la pedagogía. Casi no hay ley de educación en la que no se diga que hay que educar a los jóvenes para «un mundo en constante cambio». Y con estas palabras se quiere decir: enseñarles que no hay nada permanente. Es claro que el mundo material está en constante cambio, hay generaciones y corrupciones, movimientos, alteraciones. Pero hay cosas que permanecen, y hay cosas que no perecen, y el espíritu humano está hecho para estas últimas. No se puede educar construyendo sobre un suelo móvil, sino sobre un suelo firme, aunque se lo haga teniendo en cuenta también que hay movimientos (vientos, tormentas, terremotos). La educación, humana y cristiana, debe fundarse en lo permanente, y dirigirse a lo eterno, porque no estamos hechos para este mundo en constante cambio, sino para la Vida eterna. La educación para un mundo en constante cambio lleva por principio a la formación de personalidades débiles, ambiguas, inseguras, ansiosas. Teniendo esto presente, no es rara la incidencia creciente de los trastornos de la personalidad, especialmente del trastorno límite.

b. Progresismo antiautoritario: «El género humano está en constante progreso hacia lo mejor», se titula una obra de Kant. Esta creencia característica de la ilustración, se mantiene todavía hoy. A pesar de la experiencia individual de frustración y fracaso, así como de los discursos de los autores posmodernos, se sigue pensando que lo que viene después será mejor que lo que vino antes, y que la historia tiene unas leyes inexorables contra las que las personas nada pueden hacer. Esto afecta el espíritu de las leyes, que parecería que no sólo deben cambiar con frecuencia, sino que deben hacerse más progresistas. Esto lleva a una desvalorización de los modos tradicionales de comportarse y, desde el punto de vista de la educación, a un desprecio de la autoridad de los mayores, que necesariamente están más retrasados que las nuevas generaciones. De aquí viene el precepto de la nueva educación, que consiste, no en aprender contenidos, sino en «aprender a aprender». Porque la ciencia y la moral están en constante revisión. Lo importante es aprender a adaptarse a los cambios, no aprender contenidos que pronto serán caducos. Por eso los mayores, los maestros, deben estar actualizándose constantemente, porque no sólo sus instrumentos técnicos están desfasados, sino sobre todo su concepción del mundo y su estilo de vida.

Esto lleva a una desvalorización de la autoridad y a un democratismo según el cual toda autoridad es necesariamente autoritaria e ilegítima. Esto procede en gran parte de una errónea concepción de la autoridad. «Auctoritas» procede del verbo augeo, que significa «hacer nacer, hacer crecer, desarrollar». En este sentido, la primera autoridad son los padres, que son los que hacen nacer y crecer, en virtud de la misma naturaleza de la paternidad y del matrimonio. Para ser autoridad es necesario ser en cierta manera un «padre», alguien que hace nacer y crecer. Y lo propio del padre es ejercer esta autoridad en bien del hijo, no de sí mismo. Para hacer crecer es necesario ser adulto. La palabra latina «adultus» es el participio pasado de «adolesco», que significa «crecer». Adultus es «el que ya ha crecido», y se diferencia del adolescens, participio presente de adolesco, que significa «el que está creciendo». Para que un adolescens, una persona en crecimiento, llegue a ser un adultus, alguien ya crecido, se necesita de otro adultus, que sea una verdadera auctoritas. Sólo quien ya ha crecido puede ser autoridad, es decir, ayudar a crecer.

La auctoritas se distingue de la potestas, del poder. El poder, separado de la autoridad, es decir de la capacidad y la intención de hacer crecer, se transforma en violencia, en tiranía. De aquí surge la falsa dialéctica entre una derecha autoritaria, en el sentido de violenta, y una izquierda pacifista y progresista, y a que nadie en política se quiera definir como de derechas. Por lo mismo, nadie quiere asumir un rol paternal, educativo, de guía y conducción. Como si el guiar fuera necesariamente violentar y no, como debe ser, ayudar a crecer.

El progresismo lleva al mito de la eterna adolescencia. La gente no quiere crecer, entre otras cosas porque no cree en la perfección, y porque piensa que lo juvenil es siempre superior a lo maduro. Se trata de una de las variedades de la filosofía de la potencia, es decir de aquella que opina que la indeterminación de la potencia es superior a la determinación del acto. De este tipo suelen ser las filosofías materialistas. De este modo, los padres no ejercen su autoridad, en el sentido positivo del término, y se transforman en coetáneos de sus hijos, que no necesitan que sus padres sean sus compinches sino que los hagan crecer. Los maestros, desautorizados, con los padres aliados a sus hijos en actitud de rebeldía y con la legislación en contra, no tienen instrumentos para educar.

En los países desarrollados, son cada vez más frecuentes las solicitudes de licencia por motivos de salud de los docentes, y estos motivos suelen ser trastornos de ansiedad y depresión. Y los gobernantes no ejercen la función ejemplar propia de toda verdadera autoridad. Ante este panorama, los jóvenes no quieren y no saben crecer, y una pseudo-adolescencia (pseudo, porque quien no está creciendo no es un verdaderoadolescens, sino que es alguien que está atrofiado) prolonga las costumbres de la pubertad bastante más allá del tercer septenio, hasta los 35 o 40 años (el llamado «síndrome de Peter Pan»).

El progresismo lleva también al darvinismo social. El que no evoluciona, se queda por el camino. Esto se experimenta cada día en todos los ámbitos laborales. El trabajo es una vorágine de actividad, en la que en general la cantidad de trabajo no produce en proporción semejante a los esfuerzos. Los episodios de ataques de ansiedad y de trastornos psicosomáticos suelen estar asociados a condiciones laborales estresantes, que llevan a lo que se suele llamar el síndrome del burn-out.

Este ritmo competitivo lleva también a que tanto el padre, como la madre, trabajen durante casi todo el día, de tal manera que el contacto personal entre padres e hijos es mínimo, y éstos sean «educados»  por la televisión e Internet. También conduce a constantes traslados, condición de la promoción profesional, que llevan al desarraigo y, con frecuencia, a la ruptura matrimonial por la incompatibilidad de los proyectos laborales de marido y mujer, con las consecuencias de desestructuración familiar que padecen sobre todo los hijos.

Nuevamente hay que decir que de este modo minamos la sólida base en que debe basarse la educación, que es lo permanente, y que es la riqueza de sabiduría atesorada por los mayores, que deben ser ejemplares, autoridades. Aristóteles decía con razón que las sentencias de los ancianos deben tomarse como principios en la ciencia moral. Hoy no tienen esta oportunidad, porque es difícil oír a alguien que vive encerrado en un geriátrico.

 c. Inmanentismo: La concepción según la cual sólo existe este mundo, es decir, que no hay un Dios trascendente y Creador, encierra la vida humana en su periplo mundano: salimos del polvo, y volvemos al polvo. El horizonte último de la vida es la muerte. Tener como perspectiva la muerte, por optimistas que seamos por temperamento, no es un horizonte demasiado alentador. Mientras se es joven, se lo ve lejos, pero a medida que se acerca la posibilidad de la muerte, esto no puede no tener incidencia en distintas formas de desestabilización de la personalidad. La desesperación está en la fuente tanto de la disipación moral («hoy comamos y bebamos, que mañana moriremos»), como de la disolución de la identidad psicológica, como del suicidio, cuyas tasas e incidencia son alarmantes en todo el mundo desarrollado.

 d. Relativismo: El relativismo, se funda en el escepticismo que es una doctrina cuasi-oficial de nuestra cultura. No hay una verdad objetiva, sino que cada uno tiene su verdad, es decir, cada uno está condenado a ver al mundo desde una perspectiva determinada, que es la suya, y esta perspectiva hace que ese conocimiento no pueda tener pretensión de verdad. Por eso, no se puede afirmar que hay verdades absolutas y consiguientemente, modos de vida objetivamente buenos y objetivamente malos. En consecuencia, se debe proclamar no sólo la tolerancia absoluta respecto de todo modo de vida, por incoherente que a uno le parezca con el orden natural o con las costumbres y tradiciones de un pueblo -eso sí, con radical intolerancia hacia todo tipo de intolerancia («prohibido prohibir»)-, sino que debe elevarse a nivel de derecho fundamental el tener una cosmovisión absolutamente propia, por aberrante que pueda parecer desde ciertas perspectivas.

El relativismo es consecuencia gnoseológica de la filosofía del devenir, y sus consecuencias son fatales para el desarrollo humano en cuanto tal, porque el ser humano está orientado por naturaleza a la verdad. Si se le dice que no hay verdad, el ser humano ve frustrado su deseo más íntimo, cae en la desesperación, y se dispersa en la búsqueda de los placeres inferiores, cayendo presa de su carácter esencialmente transitorio, con los altibajos emocionales que esto supone.

 e. Vanidad / superficialidad/ artificialidad: Si el ser es cambio, si no podemos alcanzar la verdad, si todo es relativo, no hay posibilidad de desarrollar un sentido estable de la identidad, simplemente porque esta no existe. En su lugar está la vacuidad, la vanidad. La identidad estaría en constante construcción y re-construcción. Nosotros seríamos artefactos en constante y radical reinvención. Ahora bien, por ello, el criterio de anclaje para el desarrollo de la identidad deja de ser la naturaleza, la esencia permanente, y pasa a ser extrínseco, porque sólo existe la exterioridad. Eso extrínseco es la opinión de los demás, representada por la moda y por la capacidad de adaptarse a su naturaleza cambiante.

En este contexto, es virtud fundamental la falta de apego a lo propio, la capacidad de captar los humores del «mercado», en el cual uno debe saber colocarse como producto, debe saber «venderse». Aunque atribuyendo esto a factores económicos, que no son los últimos ni más importantes, es interesante a este respecto el análisis que Erich Fromm hace de lo que él llama orientación mercantil de la personalidadque a su juicio sería la personalidad social predominante de nuestro tiempo:

Llamo orientación mercantil a la orientación del carácter que está arraigada en el experimentarse a uno mismo como una mercancía, y al propio valor como un valor de cambio.

En nuestro tiempo, la orientación mercantil se ha desarrollado rápida y juntamente con el desarrollo de un nuevo mercado, el «mercado de la personalidad», que es un fenómeno de las últimas décadas. Empleados y vendedores, hombres de negocios y médicos, abogados y artistas, todos aparecen en este mercado(11).

El éxito depende de cuán bien una persona logre venderse en el mercado, de cuán bien pueda introducir su personalidad, de la clase de «envoltura» que tenga; de si es «jovial», «profunda», «agresiva», «digna de confianza» o «ambiciosa» […](12).

En vista de que el hombre se experimenta a sí mismo como vendedor y mercancía, su autoestimación depende de condiciones fuera de su control. Si tiene éxito, es valioso, si no lo tiene, carece de valor. El grado de inseguridad resultante de esta orientación difícilmente podrá ser sobreestimado. Si uno siente que su propio valer no está constituido, en primera instancia, por las cualidades humanas que uno posee, sino que depende del éxito que se logre en un mercado de competencias cuyas condiciones están constantemente sujetas a variación, la autoestimación es también fluctuante y constante la necesidad de ser confirmada por otros. De aquí que el individuo se sienta impulsado a luchar inflexiblemente por el éxito y que cualquier revés sea una grave amenaza a la estimación propia; sentimientos de desamparo, de inseguridad e inferioridad son el resultado(13).

Esto lo decía Fromm en el año 1947(14). Hoy sin duda estas condiciones se han acentuado, y han dado lugar a las circunstancias patógenas que anteriormente mencionamos como dispositivas para el trastorno límite, entre otros.

 f. Individualismo: A pesar de que la social-democracia es la ideología política triunfante y dominante en occidente, las personas son cada vez más individualistas. La paradoja es sólo aparente, porque las ideologías políticas de tientes socialistas, en la medida en que son racionalistas y disuelven los vínculos sociales naturales en aras de la construcción artificial del Estado, destruyen a su paso los rasgos verdaderamente sociales de sus ciudadanos, que se relacionan con la familia, comunidad más natural aun que la política, con las asociaciones intermedias de todo tipo y con la tradición. Por eso, con políticas socialistas, conviven actitudes individualistas, actitudes que se van transformando en el espíritu último de las leyes que, como decíamos en el punto anterior, se convierten en garantes del derecho a la absoluta autonomía individual.

El individualismo jurídico, ahistórico y apsicológico, ha llevado al desarrollo de leyes que minan el sentido último de las auténticas leyes, que es el bien común, bien propio de la persona humana en cuanto tal. ¿Cómo no se percibe que el llamado «divorcio-express», que hace que la sociedad matrimonial se pueda disolver más fácilmente que muchos contratos de importancia inferior, compromete el desarrollo psíquico de los niños, poniendo en peligro el futuro mismo de la sociedad en su conjunto? ¿Cómo no se ve que el aborto, además de una brutal injusticia hacia la persona en gestación, quiebra psíquicamente a las mujeres y a las familias? ¿Cómo no se capta que el llamado «matrimonio igualitario» eleva al nivel de deseable uniones que no son aptas para cumplir con la finalidad procreativa y educativa que es propia del verdadero matrimonio, además de legitimar socialmente el individualismo? Lo que nos lleva al punto siguiente.

 g. Anomia: Ciertamente, no se puede decir que nuestras sociedades carezcan de leyes, porque difícilmente se pueda mencionar un momento de la historia en que las sociedades políticas hayan estado tan normativizadas. Es imposible hoy cumplir plenamente la ley, porque no se la puede conocer a menos de ser expertos en el tema. El hecho de que exista un poder del Estado exclusivamente dedicado a legislar, lleva por su propia lógica a la multiplicación de leyes. Pero la concepción ideológica de la ley y su nuevo espíritu, la realización absoluta de la autonomía individual, llevan con razón a hablar de una situación de anomia, de corrupción de la ley. La legislación ha tendido a transformarse en una forma de auto-redención y de auto-reconstrucción de la humanidad, sobre la base de los principios antes enunciados.

Esta concepción de la ley, racionalista y artificial, es uno de los núcleos centrales de la anti-cultura tardomoderna, y no puede no verse reflejada en la configuración de las personalidades individuales, llevando a profundos desvaríos y frustraciones, porque el ser humano no se auto-construye, sino que se desarrolla en base a su naturaleza, teniendo en cuenta sus aspectos comunes a todo hombre, y también los que le son propios por su situación concreta: su sexo, sus capacidades, sus lazos familiares, etc. Lo más grave de esta manera constructivista de concebir la ley, es que cada vez más, no simplemente se toleran, sino que se promueven y se proponen como modelo (auctoritas) conductas radicalmente contra natura.

 


 

(1)   Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II q. 58 a. 6 co. «Decimos que la justicia legal es una virtud general, es decir, en cuanto ordena los actos de las otras virtudes a su fin, lo que es mover por imperio todas las otras virtudes. Pues, como la caridad puede ser llamada virtud general, en cuanto ordena los actos de todas las virtudes al bien divino, así también la justicia legal, en cuanto ordena los actos de todas las virtudes al bien común.»

(2)   Un autor como MacIntyre, al menos en After virtue, ha criticado la moral cosmopolita y acentuado la historicidad de la virtud, pero a costa de la naturaleza. En esa obra, MacIntyre pretendía recuperar la ética de las virtudes aristotélica, sin su «biología metafísica» (si bien en obras posteriores MacIntyre modificó su posición). Pero sin su fundamento en la physis, la ética de Aristóteles ya no es la misma.

(3)   Para una definición de cultura (aun sin compartir sus fundamentos freudo-marxistas) cf. Filloux, J.-C. (1987). La personalidad. Buenos Aires: EUdeBA, 56: «la ‘cultura’ se define precisamente como un conjunto de normas, valoresstandards de comportamiento, que traducen el ‘modo de vida’ del grupo». Ibidem, 58: «toda cultura toma, respecto de los miembros del grupo, el aspecto de modelos, modelos admitidos, compartidos, apremiantes en mayor o menor grado, estandarizados. […] Diríamos de buen grado: una cultura es el conjunto de los modos de conducirse, es decir, de comportarse y de pensar que son considerados necesarios dentro de un grupo determinado».

(4)   Filloux cita la diferencia entre cultura y sociedad de M. J. Herskovitz: «Una cultura es el modo de vida de un pueblo, en tanto que una sociedad es el conjunto organizado de individuos que siguen un determinado modo de vida; más simplemente, una sociedad se compone de individuos; la manera en que éstos se comportan constituye su cultura» (ibidem, 57). En este párrafo se nota la concepción individualista de la sociedad, pues una sociedad política no se compone sólo ni inmediatamente de individuos, sino de familias y de otras sociedades intermedias.

(5)   Autores como Erich Fromm hablan de un  ̎carácter social ̎, que formaría parte del carácter individual, y que sería común a los miembros de una sociedad determinada; cf. Fromm,E. (1993).El miedo a la libertad. Barcelona: Planeta – De Agostini, 263-264: «[el carácter social es el] núcleo esencial de la estructura del carácter de la mayoría de los miembros de un grupo; núcleo que se ha desarrollado como resultado de las experiencias básicas y los modos de vida comunes del grupo mismo. Si bien nunca dejarán de observarse ‘extraviados’, dotados de una estructura de carácter totalmente distinta, la de la mayoría de los miembros del grupo se hallará constituida por diferentes variaciones alrededor del mencionado núcleo, variaciones que se explican por la intervención de los factores accidentales del nacimiento y de las experiencias vitales, en la medida que éstas difieren entre un individuo y otro. Cuando nos proponemos comprender cabalmente al individuo como tal, estos elementos diferenciales adquieren la mayor importancia; pero en tanto nuestro propósito se dirige a la comprensión del modo según el cual la energía humana es encauzada y opera como fuerza propulsiva dentro de un orden social determinado, entonces debemos dirigir nuestra atención al carácter social.»

(6)   Cf. Aristóteles,Política, l.VIII, c.1 (1337 a 12-19): «nadie pondrá en duda que el legislador debe poner el mayor empeño en la educación de los jóvenes. En las ciudades donde no ocurre así, ha resultado en detrimento de la estructura política, porque la educación debe adaptarse a las diversas constituciones, ya que el carácter peculiar de cada una es lo que suele preservarla, del mismo modo que la estableció en su origen: el espíritu democrático, por ejemplo, la democracia, y el oligárquico, la oligarquía; y el espíritu mejor, en fin, es la causa de la mejor constitución.» Cf. MacIntyre, A. (2004). Tras la virtud. Barcelona: Crítica, 83: «Con arreglo a esta tradición, ser un hombre es desempañar una serie de papeles, cada uno de los cuales tiene entidad y propósitos propios: miembro de una familia, ciudadano, soldado, filósofo, servidor de Dios. Sólo cuando el hombre se piensa como individuo previo y separado de todo papel, ‘hombre’ deja de ser un concepto funcional».

(7)   Cf. Canals Vidal, F. (1977). Política española: Pasado y futuro. Barcelona: Acervo.

(8)   Cf. Canals Vidal, F. (1995). La tradición catalana en el siglo XVIII. Ante el absolutismo y la ilustración. Madrid: Fundación Francisco Elías de Tejada, 13-14: «El amor a la patria, como el amor a la familia, y como el amor a sí mismo, son legítimos y obligatorios, y la gracia sanante y divinizante, que no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y la presupone, está destinada a asumirlos, orientarlos y elevarlos. Es una dimensión decisiva de la vocación de ‘inculturación de la fe’, conexa con la economía encarnacionista de la salvación de la humanidad por Cristo.

El amor a sí mismo se presupone en el precepto amar al prójimo y en el deseo de felicidad personal que impulsa la esperanza teologal. Pero, en cuanto queda privado de actitud generosa en relación a nuestro prójimo y de acercamiento humilde al orden divino es la raíz de aquel deseo desordenado que genera en el hombre toda actitud pecaminosa, como enseñó el apóstol Santiago el Menor.

Análogamente, el amor a la familia y a la patria pueden en la humanidad, viciada por los efectos de pecado original, constituirse en raíz del desorden social y de ceguera religiosa.» Es interesante también señalar la intervención en estos procesos de esclerosis la intervención de los pares complemantarios adelrianos complejo de inferioridad-complejo de superioridad, como con mucha agudeza lo hace Brachfeld, O. (1970). Los sentimientos de inferioridad. Barcelona: Miracle, 501-530.

(9)   En realidad, los nacionalismos actuales, han asimilado a nivel de su propia comunidad, los mismos principios de la ilustración, por lo que se transforman en esa mezcla de socialismo e individualismo de la mundialización, pero a pequeña escala. Cf. Canals Vidal (1995), 14: «Contaminado filosóficamente por el inmanentismo panteísta de la filosofía moderna, el patriotismo religioso desviado utiliza instrumentos de soberbia intelectual y cultural, al servicio de aquella falsa conciencia seudoprofética y farisaica que tienta siempre a las colectividades humanas y les lleva a sumergir en su propia afirmación y autorrealización los dones divinos profanados y temporalizados.»

(10) Por ejemplo, cf. Rogers, C. R. (2002). El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós, 35: «Cuando me dejo llevar por el impulso de mi experiencia en una dirección que parece ser progresiva hacia objetivos que ni siquiera advierto con claridad, logro mis mejores realizaciones. Al abandonarme a la corriente de mi experiencia y tratar de comprender su complejidad siempre cambiante, comprendo que en la vida no existe nada inmóvil o congelado. Cuando me veo como parte de un proceso, advierto que no puede haber un sistema cerrado de creencias ni un conjunto de principios inamovibles a los cuales atenerse. La vida es orientada por una comprensión e interpretación de mi experiencia constantemente cambiante. Siempre se encuentra en un proceso de llegar a ser.»

(11) Fromm, E. (1985). Ética y psicoanálisis. México: Fondo de Cultura Económica, 82-83.

(12) Fromm (1985), 83-84.

(13) Fromm (1985), 86.

(14) A pesar de estas lúcidas observaciones, Fromm afirma la identidad del ser con el devenir, minando radicalmente la coherencia de la reivindicación de la valoración de lo estable y de lo propio.


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