Schola Veritatis
Veritas - Pax - Bonitas

La vida monástica según Dom Paul Delatte,
tercer abad de Solesmes

¿Qué es la vida monástica?

Vida cristiana

Monjas en el Médano

La vida monástica es esencialmente vida cristiana y sobrenatural. Por eso para comprender la vida monástica es indispensable comprender primero aquello que es propiamente la vida cristiana, puesto que ahí se encuentra fundamento. A pesar de que la vida monástica tiene una fisonomía particular, no utiliza otras energías sobrenaturales que las mismas que el bautismo ha depositado en nosotros.

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos» (1Jn 3, 1-2). Nosotros somos hijos de Dios por una comunión real con el Hijo único de Dios, el Verbo encarnado, nuestro Señor Jesucristo. La vida sobrenatural consiste esencialmente en una participación y semejanza con el Señor: «A todos aquellos que lo han recibido les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Tal es la gracia santificante: una real inserción vital en Aquél por el cual somos hijos de Dios. La filiación divina no es de ningún modo una metáfora, una hermosa ficción o una denominación meramente exterior. Ella responde a una transformación real de nuestro ser y a la infusión de una vida nueva. El bautismo ha hecho de nosotros un ser completamente nuevo, una nueva creatura. Antes, nuestra alma no era sino el principio de una vida natural y humana. Desde ahora, por la gracia santificante, ella es en nosotros el principio de una vida superior, sobrenatural y divina.

Pues es de la vida divina que aquí se trata. «Si la vida que estaba en el Padre se ha manifestado a nosotros -dice San Juan- y si los apóstoles la han anunciado al mundo, es a fin de que nosotros entremos en sociedad con Dios, con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (Cf. 1 Jn 1,3). La Santísima Trinidad viene a habitar en el alma bautizada como en un templo. Desde esta vida, bajo el velo de la fe, poseemos en nosotros toda la realidad de la vida de Dios, por Nuestro Señor Jesucristo.

Ahora bien, toda vida tiene unas facultades que le son propias, unas actividades a su medida, unas energías que le son proporcionadas. También la vida sobrenatural tiene sus órganos y sus principios de acción correspondientes a su naturaleza y a su fin: éstos son sobre todo las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad; virtudes teologales porque tienen a Dios por objeto y porque nos unen a nuestro Señor Jesucristo y, por Él y en Él, a Dios. La fe es en nosotros la disposición sobrenatural que nos hace pensar como nuestro Señor Jesucristo, entrega nuestro pensamiento a Dios. La esperanza es en nosotros el principio de querer el fin y los medios que el Señor quiere para nosotros, entrega nuestro querer a Dios. La caridad es en nosotros el principio que nos hace amar como el Señor, entrega nuestro corazón a Dios.

El Señor se apodera así de toda nuestra vida. Aquello que no es fe, esperanza y caridad, puede y debe ser informado por ellas. La vida superior, es decir la vida de nuestro Señor Jesucristo en nosotros, debe abrazar nuestro ser entero. Es todo el hombre el que ha sido asumido por el Verbo de Dios, es todo el hombre el que ha sido rescatado por la redención, santificado por los Sacramentos, es el hombre todo entero que será también glorificado en la resurrección. Dios no hace nada a medias. Por lo tanto, ninguna de nuestras actividades tiene el derecho a apartarse de esta divina influencia. No hay un instante de su vida en que un bautizado tenga derecho a apartarse de este influjo, de ser, por decirlo así, natural o pagano. Todo aquello que está sometido a nuestra razón y a nuestra voluntad, debe ser también sometido a Dios y consagrado a Él por la caridad.

En otras palabras, todos nuestros actos deben llevar el sello cristiana. Solo nuestros actos interiores de fe, de esperanza y de caridad valen delante de Dios, solo ellos nos engrandecen y dan valor a nuestras obras exteriores. Mi deber y mi interés sobrenatural me hacen, entonces, ir a lo más profundo de mi ser, a fin de sacar de Dios y de la sustancia sobrenatural que llevo en mí, el principio y la dirección de todas mis obras. Es ahí, en esa región profunda, en ese concierto establecido entre Dios y mi alma donde mis actos se producirán y es con esa condición que ellos serán a mi altura de cristiano y que obtendrán delante de Dios todo su valor salvífico.

La imitación de Jesucristo, que es la ley esencial del cristiano, no consiste simplemente en un esfuerzo de asimilación a un ejemplar puesto ante nuestros ojos, sino sobre todo en una deferencia gozosa, en una docilidad de todos los instantes de nuestra vida a una soberanía interior amada, bendita, delante de la cual toda la vida se inclina. Es ahí que se encuentra el pleno desarrollo de la vida cristiana: convertirse en las manos de Dios en un instrumento dócil, que no tenga actividad propia sino en esta misma sumisión, en la constancia de su adhesión a la vida del Señor.

Resumamos diciendo que la esencia de la vida cristiana, su ley, su fin, es la unión con nuestro Señor Jesucristo por el pensamiento, por la voluntad, por el amor. Ser cristiano es llevar en sí la vida del Señor por la fe, la esperanza y la caridad, es pensar, querer y amar como Él.

Vida religiosa

Cartujo en contemplación

La vida religiosa no es distinta de la vida cristiana; ella no es algo nuevo y sobreañadido al cristianismo; ella es su condición acabada y como su desarrollo. Es, como se la ha llamado comúnmente, el estado de perfección.

La perfección sobrenatural del hombre reside esencialmente en la caridad. No en la caridad inicial, sino en la caridad dominante y soberana; ella consiste en un grado eminente de caridad, en el conjunto complejo de todo aquello que nos une a Dios profundamente, sólidamente, de manera estable y continua. Toda alma cristiana está llamada a la perfección. Es al conjunto de sus discípulos que el Señor ha dicho: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5,48). El bautismo nos ha establecido en unión con Nuestro Señor Jesucristo y nos ha hecho portadores de su vida. ¿Tenemos el derecho a escapar de nuestro bautismo, a hacernos voluntariamente inferiores a aquello que Él ha hecho de nosotros? ¿Nos es posible apartarnos de Dios?

De esta afirmación, que la perfección es un deber universal para los cristianos, no se sigue que todos deban entrar en la vida religiosa, ni que todos estén obligados a la renuncia real de aquello que no es Dios, ni al ejercicio indiscreto de los consejos evangélicos. Lo que se sigue es que todos están llamados a la caridad, según su condición y estado.

Pero esta perfección es más difícil en las condiciones de la vida común. Por eso, en vistas a realizarla más integral y fácilmente, ciertas almas se determinan libremente a renunciar, por amor de Dios, a todo aquello que podría ser un impedimento o un obstáculo a su caridad. Esta renuncia es para ellos no solamente interior y afectiva, sino también exterior y efectiva. Tal es el fin de los votos de pobreza, castidad y obediencia, asegurar y garantizar la libertad de la caridad inmolando de manera definitiva e irrevocable las tres grandes concupiscencias: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne, orgullo de la vida. La pobreza nos sustrae a la tentación de las riquezas, la castidad a las solicitudes de una familia, la obediencia a los peligros de la voluntad propia.

Aquellos que son ricos o que quieren serlo tienen el corazón dividido. Pueden amar a Dios, pero aman también otra cosa fuera de Dios: son menos libres. Es por esto que el Señor da primero el consejo de la pobreza a cualquiera que busque la perfección: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dónalo a los pobres: después ven y sígueme» (Mt 19,21)

Después de la pobreza viene la castidad. La pobreza consistía en la renuncia a las riquezas para asegurar sobre este punto el libre ejercicio de la caridad hacia Dios; la castidad perpetua consiste en la renuncia al matrimonio para asegurar también sobre este punto el ejercicio de la caridad. Así como la perfección del voto de pobreza consiste en no ser rico sino de Dios, la perfección del voto de castidad consiste en no tener ningún afecto sino para Dios y según Él.

Pero el bien más real, aunque el más desapercibido, que poseemos en nosotros mismos es nuestra propia voluntad. Más que en toda otra cosa, es ella la que nos distrae, nos retiene, nos impide ser de Dios. Todos los demás obstáculos no existen sino porque éste existe. Es de la voluntad que todo depende y es de la voluntad propia que viene todo el mal. El voto de obediencia nos hace renunciar a nosotros mismos dándonos a la voluntad de otro, de un superior, a fin de aprender de él la caridad, la perfección, el arte de ir a Dios.

Un religioso es entonces un cristiano, un cristiano que se dona a Dios totalmente por los votos de religión. Todo cristiano es religioso en un cierto sentido, porque por su bautismo pertenece a Dios y está consagrado a su gloria. Pero aquello que el simple cristiano no es sino adjetivamente y de una manera parcial, accidental, momentánea, el religioso lo es sustancialmente, absolutamente, totalmente. Él está todo entero consagrado al culto y al honor de Dios: es, como lo enseña la tradición cristiana, un sacrificio completo, un holocausto, donde la víctima pasa toda a las manos de Dios. Es perfecto porque está unido a Dios; es religioso porque se ha donado a Dios sin posibilidad de retorno; el holocausto existe porque él no se ha reservado nada. Es el abandono completo, absoluto del hombre a Dios para pertenecerle sin reserva. Es también la realización plena de la criatura y su verdadera gloria. Así son realizados el fin esencial de la creación y del orden sobrenatural: el honor de Dios y la santidad. Es gracias a la vida religiosa que el Señor recibe su gloria «así en el cielo como en la tierra» y que se alcanza verdaderamente el fin de la Encarnación del Verbo.

Nosotros no hemos sido amados a medias. Dios no ha tenido con nosotros limitaciones y reservas. Él ha agotado todos los recursos de su amor, dándose por entero. Él ha tomado su corazón, al Hijo de su ternura, y nos lo ha donado. Él nos ha donado todo y se ha donado Él mismo en su Hijo. No hay sino una respuesta al amor que hay detrás de la Redención, una sola respuesta suficiente; es la caridad absoluta, que no se reserva nada. Si Dios hubiera actuado con parsimonia, con un amor medido, sin duda la vida perfecta no habría germinado sobre la tierra. Pero ella no podía faltar desde que el Señor, después de haber creado la gracia, la Encarnación y la Eucaristía, nos ha hecho la promesa de la eternidad. La verdadera manera de amar es amar sin reserva: es la ley del cristianismo, y la vida religiosa no es más que su corolario.

Vida monástica

Padre Pedro Pablo celebrando la Misa

Durante siglos no existió otra forma de vida religiosa que la forma estrictamente monástica. Es en el Medioevo, a partir del siglo XIII, que las formas se multiplicaron según las necesidades de la Iglesia. La Iglesia es un ser vivo, de modo que ella se adapta a las condiciones de la sociedad humana que debe conducir a Dios. Su vida le viene del Espíritu Santo que la anima. Es el Espíritu de Dios presente y obrando en el seno de la Iglesia que, en el curso de los tiempos, vela sobre los intereses de la oración, la doctrina y la acción, inspirando a las almas generosas iniciativas y agrupándolas en un mismo deseo de perfección, de evangelización y de caridad. Es al Espíritu de Dios y a su influencia permanente sobre la Iglesia que es necesario hacer remontar la responsabilidad de esta variedad que existe en las órdenes religiosas.

En medio de la diversidad de las formas de la vida religiosa, es fácil distinguir la fisonomía particular de la vida monástica. La separación efectiva con el mundo y la adhesión a Dios solo: tales son sus elementos más característicos. La palabra «monje» viene del griego «monachos», cuya significación primitiva es la misma que de «monos»: solo, único, simple. Cuando en la antigüedad cristiana ciertos fieles, permaneciendo en el mundo, se aislaron de las condiciones de vida ordinaria y pronto de la misma sociedad, a fin de entregarse, solos o en común, a las prácticas del ascetismo sobrenatural, se les nombró «monachoi»: los separados , los aislados, los solitarios. La idea de unidad que implica el nombre monje, ha permitido definirlos de maneras diversas encerrando todas una parte de verdad: aquellos que viven en la soledad, aquellos que quieren introducir la unidad y la simplicidad en su vida, aquellos que se ocupan de Dios solo y no piensan más que en unirse a Él. La vida monástica es aquella que está completamente orientada a la unidad, sin traza de división, por el hecho de su adhesión y de su pertenencia a Dios solo. La separación del mundo por el retiro, la clausura, el hábito y el silencio no es sino la condición esencial de esta adhesión exclusiva a Dios.

Vida de familia

San Benito

Es fruto de un pensamiento más alto que los pensamientos humanos lo que ha determinado a san Benito a constituir su vida religiosa en forma de una familia, transportada del orden natural al orden sobrenatural. Todas las cosas naturales y sobrenaturales se hacen en familia, en familia doméstica, en esa familia que es la parroquia o la diócesis, o en esa inmensa familia que es la Iglesia del tiempo o la Iglesia de la eternidad. Es la forma de vida más natural y al mismo tiempo la más sobrenatural, la más sana, dulce y también constante, puesto que es a la vez la forma de la sociedad del tiempo y de la sociedad de la eternidad.

La vida de familia será realizada en el monasterio por una conventualidad de hermanos, reunidos y regidos por un Superior, que es Padre y que gobierna en nombre del Señor. Esta condición de la vida común recae sobre cada hermano. Ciertamente los monjes, según una expresión de Newman en referencia a los benedictinos en particular, tienen un carácter más “infantil”. Guardémonos de avergonzarnos de esta apreciación, como si se tratara de una imperfección o de una cierta inferioridad respecto a otras formas de vida religiosa. Más bien habría que ver en ella una distinción pues es la actitud del mismo Señor: el olvido del individuo, la eliminación del amor propio, el fruto exquisito de nuestra vida contemplativa. Se reduce el egoísmo por una vida dulce y tranquila. Mientras que el individuo se borra, la personalidad de afina. Nos limitamos, pero nos encontramos a nosotros mismos al afinar nuestras vidas con la de los hermanos. Como en el coro monástico, la ley primera es que ninguna voz se imponga ni se afirme sola, sino que se funda con el conjunto de las voces; en nuestra vida fraterna, los caracteres se vuelven dóciles y las almas se vuelven prontas para donarse al prójimo.

Las condiciones de nuestra vida se prestan para este matiz un poco “infantil”. La fuerza personal que se afirma y se acrecienta en las obras y las luchas de la vida activa, de alguna manera se esfuma en la paz de la vida contemplativa. El mismo ejercicio de la virtud se informa en su medio. La obediencia tiene un carácter más simple, más alegre, más apresurado y delicado: se vuelve cariñosa y filial en la vida de familia. En este estado de minoría consentida y de olvido voluntario del individuo, la fraternidad se vuelve más afectuosa; se diría que hay una dulce confiscación de cada uno en provecho de la familia entera. No es que la vida se vuelva anónima, sino que su nombre es más elevado. Existe el monasterio, él es la unidad real, es en él que cada uno es llevado a una fuerza más alta. Lo que no existió más que un instante en la Iglesia primitiva de Jerusalén, la vida común, la oración común, la ausencia de lo mío y lo tuyo, en una palabra, el socialismo sobrenatural de la caridad, no ha cesado de realizarse desde hace catorce siglos en la Iglesia por nuestra vida monástica. Los que en nuestros días han querido modificar las bases de la sociedad humana con el comunismo y el socialismo, podrían comprobar que su ideal ha sido realizado desde hace largo tiempo en la alegría y la paz. Seamos agradecidos hacia una concepción de vida que suprime el egoísmo casi sin que nos demos cuenta y que nos sitúa más cerca de la santidad, de la Eternidad.

Este carácter de nuestra vida monástica que la hace ser vida de familia, vida de comunión fraterna bajo la dirección paternal de un Superior, ha dejado sus huellas en elementos que, a primera vista, parecerían serle extraños. Su influencia es particularmente sensible en materia de pobreza y mortificación. Recordemos que la vida religiosa comenzó por una gran austeridad y por la uniformidad en la austeridad. Eran los tiempos próximos a las persecuciones: las almas estaban preparadas para el heroísmo, como arrastradas al martirio. Hacía falta una élite y temperamentos excepcionales; los que no podían responder a estas exigencias entraban o permanecían en la vida común. El pensamiento de san Benito es diferente. Sin dejar de formar una élite, que será necesariamente poco numerosa como todas las élites, la sociedad religiosa se hará accesible a naturalezas muy diversas y a vigores muy desiguales. El que recluta un ejército practica una severa selección y solo acepta elementos robustos. Las exigencias de una familia son menores: se acoge lo que Dios envía. Por otra parte, en un ejército el hombre es una entidad un poco anónima, que debe proporcionar la parte acostumbrada de trabajo y de servicio; cuando su resistencia ha disminuido y no puede valerse, se lo aparta y reemplaza por otro que toma su número. Por el contrario, en una familia se concede mayor atención al que es más débil; y mientras que el jefe militar debe ignorar las disposiciones de cada uno que no interesan al oficio, y preocuparse casi exclusivamente del conjunto, el padre de familia se ocupa de cada uno de sus hijos en particular, y nada de lo que les concierne le es ajeno. Es así que la pobreza se encuentra bajo la jurisdicción y apreciación paternal del Superior. Es pobre, en el sentido que le da san Benito, el que no tiene nada propio y que no tiene a su uso nada que no le haya dado el Superior, a quien corresponde, como padre de familia, distribuir a cada uno según sus necesidades y peticiones. Es fácil demostrar cómo en el monasterio se ejerce en todo dominio el poder paternal del Superior: trabajos, oficios, mortificaciones, excepciones, todo viene de su autoridad.

La estabilidad

La vida monástica es vida conventual y de familia. Agreguemos también que está marcada por la estabilidad. Es necesario recordar que uno de los principales deseos de san Benito era reaccionar contra las formas desfiguradas de la vida monástica, especialmente contra los giróvagos. Esta era una gran plaga. Los votos de religión se volvían con frecuencia ilusorios cuando se comenzaba a recorrer el mundo y a cambiar de monasterio según los caprichos. Parece ser que san Benito fue el primero en ligar al monje al monasterio por un voto formal; y en el texto de la Regla que enumera los objetos de la promesa, el voto de estabilidad tiene el primer rango. Se trata de una permanencia en el monasterio donde se emite la profesión, y no solo de la perseverancia en la vida religiosa. El monje escoge libre y soberanamente la familia monástica a la cual quiere agregarse; es el último acto de voluntad personal que cumplirá.

Luego de eso pertenece al monasterio en virtud de la ley de la estabilidad. Esta estabilidad entraña dos cosas: que el monje tiene por domicilio el monasterio donde se desenvuelve toda su vida y de donde no puede salir sin el permiso y la bendición de su Superior; y también que, habiendo hecho profesión en un monasterio determinado, habiendo sido acogido por la familia monástica que lo habita, el monje le pertenece de derecho, forma parte integrante y tiene su lugar asegurado. Solo la obediencia podrá retirarlo de ese lugar, que es su patria, para ponerlo en otro. Estas disposiciones, ¿no afirman una vez más el carácter de nuestra vida? Se cambia de regimiento, pero se permanece para siempre en la familia en la que se ha nacido. Así el monje permanece unido al monasterio en el cual ha emitido la profesión. El mismo monasterio es estable, una familia es un campo restringido. El monje es miembro de esa familia, es una de las piedras vivas de la fortaleza. No es que las familias, los monasterios estén compuestos de un personal inestable, cuyo marco material, el edificio, es el único que asegura la continuidad. En principio, la familia monástica permanece según Dios la ha hecho, salvo por los nuevos miembros que recluta, y los que conduce a la eternidad.

La estabilidad es característica de la Regla de san Benito: guardémosla como un bien de familia. Así amablemente presentada, no debe espantar a las almas y parecerles una carga o una cadena; ella no es sino la fidelidad a ese lugar bendito donde tenemos la seguridad de encontrar la plenitud de la vida.

Las obras de la vida monástica

La Obra de Dios

Padre Pedro Pablo ante la Cruz

El culto a Dios en su forma perfecta, la alabanza divina en su expresión litúrgica más acabada, tal es la ocupación central y primera de la vida monástica: aquello que San Benito llama la Obra de Dios, «Opus Dei», la Obra que tiene a Dios y solamente a Dios por objeto directo, la Obra que magnifica a Dios, la Obra que realiza unas cosas divinas, la Obra en la cual Dios se interesa por sobre todo, de la cual Él es el agente principal, pero que ha querido realizar por unas manos y unos labios humanos. El Sacrificio Eucarístico es la Obra central del culto católico, pero en torno a este sacrificio, al cual los monjes confieren un esplendor y una solemnidad particular, se agrupan las diversas horas de la alabanza divina, celebradas ellas también con todo el esplendor de los cantos y de las ceremonias de la Iglesia. Al mismo tiempo que la vida cristiana, tal como ella es vivida comúnmente en el mundo, no deja a Dios sino una parte poco considerable y unos instantes fugaces, sobre todo ahora que la celebración solemne de los divinos oficios ha cesado casi en todas partes en la Iglesia y ha sido desterrada por las almas cristianas, los monjes pertenecen de por vida, todas las horas del día y de la noche al culto divino, a la alabanza divina. Ellos velan constantemente para que sobre la tierra se eleve hacia el cielo un concierto de voces que bendicen el nombre de Dios. Mientras los habitantes de la tierra, no se limitan solamente al olvido, sino que llegan hasta la blasfemia, y cuando todo aquello que les recuerda a Dios es un pesado fardo, la vida monástica es el tributo recaudado por Dios sobre la raza humana. Es así que este deber esencial del culto y de la religión, la adoración, la alabanza, la oración y la acción de gracias, la voz del amor y la voz del arrepentimiento subirán sin cesar hasta el trono de Dios. Si es verdad que Dios no ha buscado en todas las cosas sino su gloria, si el mundo entero no tiene otro fin que procurarla, ¿quién puede negar que sea plenamente realizada la intención divina ahí donde la vida cristiana no tiene otro fin, otro deseo, otra función, otro empleo que el de consagrarse todo entero para la gloria y para el honor de Dios?

Tal ha sido el pensamiento de San Benito. Por eso consagró a la distribución y al reglamento del oficio divino una parte considerable de su Regla, y antes de toda otra cosa exigía a quien quería entrar en el monasterio la atención y el amor por el Oficio divino. El monje no debe «preferir nada a la obra de Dios». De hecho es a ella a la que se orientan todos los otros trabajos monásticos; es ella la que determina todo nuestro horario, la que reclama las mejores horas de nuestra jornada. Nosotros somos monjes antes que nada para eso, debemos procurar la gloria de Dios y ocuparnos de Él, rendirle honor, homenaje y servicio según las formas, las oraciones, los cantos y las ceremonias instituidas por la Iglesia. Nosotros debemos así asociar nuestras voces a las de los ángeles y adelantar en la tierra las horas de la eternidad. Debemos pasar la vida de aquí abajo junto al Único que es atrayente para nosotros.

Por otra parte, la oración de la Iglesia, celebrada con inteligencia y piedad para honor de Dios, se convierte para nosotros en el medio de nuestra santificación. Nada purifica al alma tanto como el contacto con Dios; nada santifica al alma tanto como el ejercicio de su ternura para con Dios. Así sacamos nosotros de la misma fuente de la Sagrada Liturgia el medio de rendir gloria a Dios y el de nuestra propia santificación. De hecho, estos dos elementos se alimentan el uno con el otro; el contacto con Dios purifica y eleva nuestra alma, y nuestra alma santificada se vuelve más capaz de ofrecer a Dios una adoración digna de Él. A medida que se elimina todo aquello que es nuestro, entramos más plenamente en el Misterio y el Sacrificio del Señor, hasta que Cristo sea todo en todos. ¿No es ésta la plenitud de la vida cristiana?

No importa que el mundo no comprenda nada esta obra de la oración y que no aprecie su verdadera dimensión, fuera del punto de vista estético: e incluso desde este punto de vista, ¿cuántos penetran la real y sobrenatural belleza de los ritos de la Iglesia y del canto sagrado? Nosotros creemos sin embargo en el valor apostólico y social de nuestra oración, y creemos alcanzar directamente por ella no solamente a Dios y a nosotros, sino incluso al prójimo. Sin hablar de su influencia secreta sobre la marcha providencial de los acontecimientos, ¿no es una predicación muy eficaz el espectáculo de un Oficio divino dignamente celebrado? Desde los tiempos de la primitiva Iglesia, la liturgia católica es un principio de unidad para el pueblo de Dios, y la caridad social ha sido creada por ella. ¿Es posible esperar ver renacer la verdadera y profunda solidaridad del pueblo cristiano fuera de esta reunión de todos en torno de Dios, en una misma oración y en la comunión de un mismo pan vivo? Sea como sea, nosotros consentimos a no producir nada que se vea y se palpe, a no tener otra utilidad que aquella de adorar a Dios. Y gozosamente tomamos el partido de no alcanzar por el «Opus Dei» sino el fin esencial de las cosas, el fin de toda creación inteligente, el fin mismo de la Iglesia.

El trabajo

«La ociosidad es enemiga del alma: es por esto que los Hermanos deben emplearse en momentos determinados al trabajo manual, y a otras horas fijadas, al estudio de las cosas divinas». Así habla San Benito en el capítulo 48 de su Regla. Aunque no haga explícitamente alusión sino a los peligros de la ociosidad, San Benito no ignoraba el beneficio positivo y el valor intrínseco del trabajo. Sus ventajas son múltiples. Podemos reconocer en el trabajo un remedio para muchas tentaciones; acordarnos que toda vida y toda felicidad implican la acción: la misma contemplación no es sino la actividad suprema de la inteligencia y del corazón conjugados, la adhesión de todo el ser a Aquél que es. El trabajo no es simplemente una ley penosa y un castigo; es una ley divina anterior al pecado; es universal. ¿Cómo escaparían los monjes de ella? De hecho están incluso doblemente consagrados al trabajo: por un lado su vida encierra siempre un aspecto de austeridad y de penitencia, y por otro, la plenitud de Dios en el alma hacia la cual ellos tienden no es prometida sino después de una labor perseverante.

El estudio de las cosas divinas

Monja estudiando

El pensamiento maestro de San Benito es que el monje debe buscar a Dios. Las renuncias de la profesión y de toda nuestra vida monástica hacen a nuestra alma libre para esta búsqueda bendita, y la Lectio divina no tiene otro fin. No es simplemente trabajo intelectual, cultura intelectual. Es la obra de la inteligencia aplicándose a los misterios y a la doctrina divina; es obra de la inteligencia sobrenatural, es decir de la fe. Es el conjunto ordenado de los procederes intelectuales por los cuales nosotros nos familiarizamos con las cosas de Dios y nos habituamos a contemplar al invisible. No es la especulación abstracta y fría, ni la simple curiosidad humana, ni una lectura superficial: es una búsqueda profunda y perseverante de la misma Verdad. Se puede decir que de este estudio, solo Dios es el objeto, el inspirador y el agente principal. Porque se hace no solamente bajo su mirada, sino en su luz, y en un contacto muy íntimo con Él. En el fondo, las horas que San Benito quiere que nosotros consagremos cada día a esta Lectio divina son horas de oración.

La mayor parte de los predecesores de San Benito, y hasta los anacoretas perdidos en la soledad del desierto, consagraban de noche y de día muchas horas al estudio sobrenatural, sobre todo al estudio de las Escrituras. Nuestros Padres se daban cuenta de que una santa búsqueda es necesaria a todos aquellos que el Señor concede la inteligencia y la posibilidad. La misma contemplación correría gran peligro desde el instante en que pretendiera bastarse a sí misma; Dios no viene nunca en socorro de la pereza por unas ilustraciones extraordinarias. Sus obras son ordenadas, y Él no concede, normalmente, tales favores sino a aquellos que no han podido alcanzarlos de otro modo. Aún cuando San Benito contaba en medio de sus monjes a más de un esclavo y de un bárbaro y que, salvo raras excepciones, todos permanecían en el estado laical, reservó para la Lectio divina un tiempo relativamente considerable. Desde hace muchos siglos, una parte muy amplia de la jornada de los monjes es dejada al estudio. No sin razón la Iglesia insiste mucho sobre la necesidad de los estudios para los religiosos consagrados a la vida contemplativa.

Espiritualidad de la vida monástica

La espiritualidad de la vida monástica puede resumirse en tres disposiciones esenciales: la fe, la humildad, la obediencia:

La fe

La fe es la base y el fundamento de toda vida sobrenatural, pero especialmente de la vida monástica. Aquí la fe habitual no basta; la fe está en ejercicio continuo, está implicada en todo el detalle de nuestra jornada monástica. Nuestra vocación es contemplativa, pero contemplativa de lo invisible: vivimos bajo la mirada de una Majestad, de la cual no nos apercibimos, nuestra mirada está vuelta hacia una Belleza que no vemos, que solo se muestra velada. Incluso los elementos captables en nuestra vida deben ser transformados por la fe: el abad, los hermanos, los oficiales del monasterio, nuestro trabajo, las obediencias que nos son confiadas, nuestro silencio, los mil pequeños acontecimientos de los cuales está formada la trama de nuestros días, todo esto debe estar impregnado de fe y transfigurado a la mirada de nuestra alma: si la fe no es despertada sin cesar, nuestra vida será inerte, rutinaria y banal; se asemejará a un ritualismo petrificado, consistente en prestaciones materiales, y se volverá mortalmente aburrida, como todo lo que es fijo y monótono.

Con este signo discernimos las verdaderas vocaciones. Solo los vigorosos y los valientes son capaces de realizar el programa trazado por el Apóstol: «Nuestras miradas no se apegan a las cosas visibles, sino a las invisibles» (2Cor 4, 18). Esto no se hace sin un verdadero entrenamiento espiritual. No somos monjes para conquistar una paz vulgar y una suerte de banal tranquilidad, menos todavía para envolvernos en el desgano y la ociosidad, ni para gastar nuestra vida en búsquedas curiosas, ni para pensar en nada, ni para disiparnos en todo, ni para gastar al azar una existencia consagrada a Dios. Desgraciados serán los temperamentos ligeros, inconsistentes, fértiles en proyectos siempre nuevos. Como en una tropa de élite, son necesarios hombres capaces de vivir en la conciencia habitual de las cosas de Dios y, cuando la gracia se los conceda, en un contacto de docilidad, de dilección, en un cara a cara dulcísimo y tranquilo con la Ternura y la Belleza de Dios. Es la preparación y el noviciado para la eternidad. Pero un noviciado es un aprendizaje que consiste esencialmente en el ensayo y ejercicio de lo que tendrá que hacer una vez terminado el noviciado, acabado el aprendizaje. Cuando acabe para nosotros la vida del tiempo, debemos ser aptos para la visión de Dios. Nos iremos, si Dios se digna tener piedad de nosotros, a continuar nuestra contemplación en la eternidad; pero desde ahora nuestra vida monástica será todo lo que debe ser si nos ejercitamos por adelantado en las obras de la eternidad, si nuestra fe comienza en nosotros lo que hará la visión, si vivimos en la tierra ante la Belleza que se vela como lo haremos ante la Belleza que se mostrará plenamente.

Ciertamente este programa es el de la vida cristiana: ¿es la vida del monje algo distinto de la vida cristiana, en toda su simplicidad, pero también en toda su extensión, en su absoluta plenitud, en la total libertad de los obstáculos que el mundo impone al ejercicio de nuestra fe? Desde el comienzo del Prólogo de su Regla, san Benito nos llama a abrir los ojos a la luz divina que santifica, pues el alma debe ser informada y estar atenta a ella. La fe, que es la base de la vida cristiana, debe ser en un grado superior y a un título más eminente la base de la vida monástica. ¿Por qué? La vida monástica es contemplativa y uniforme. Las obras de la vida activa, porque son exteriores y palpables, se cumplen correctamente aun cuando la fe no esté mezclada más que de una forma lejana. Sin duda es mejor que sea animada por disposiciones sobrenaturales, pero esa es la ventaja de aquel que las cumple; en su realidad física, son independientes de las disposiciones del agente: se enseñará a los niños, los ancianos serán cuidados, sin duda los enfermos serán aliviados; y en ese orden, los más santos no son siempre los más hábiles, ni los más diestros, ni los más ingeniosos. Pero las obras de la vida contemplativa ni siquiera existen, no son más que ruidos, prestaciones sin frutos, si la fe no les confiere, y tan actualmente como sea posible, la savia y la vida. No tienen eficacia si no es en su intimidad con la Belleza invisible; vacías de fe, están vacías de todo, son simplemente nada.

Hemos agregado, para exigir en la vida monástica un despertar constante de la fe, que es de color uniforme. Digo uniforme, no monótona. No es monótona más que para aquellos que se la figuran o la hacen tal. Pero el movimiento es la condición del interés, y la variedad es el condimento de la vida. Ahora bien, ahí está precisamente el encanto propio de la vida activa: hay novedad todos los días, a veces incluso imprevistos; la necesidad para el hombre de flexibilizarse, de ingeniarse a fin de hacer frente a condiciones nuevas, el ejercicio gozoso de nuestra actividad, el placer del éxito, de la lucha o del progreso y, por sobre todo, el placer de ver lo que se hace, la satisfacción de encontrar, en el acabamiento de una obra definida, la indemnización del propio trabajo. La vida contemplativa, al menos en los comienzos, no conoce esos encantos: cada día tiene los mismos deberes que cumplir en la oscuridad. No significa que la vida monástica no tenga su variedad, sino que esta es interior, y para percibirla es necesario que lleguemos a esa región secreta donde se cumplen las operaciones del Espíritu de Dios. La fe, al crecer, nos introduce allí, y poco a poco descubrimos los gozos siempre nuevos, siempre especiales, siempre inesperados, que pueden aportarnos cada día las fiestas, los Salmos y los Misterios de Dios.

La humildad

Monje ante la cruz

Hemos nombrado en segundo lugar la humildad, virtud también al mismo tiempo cristiana y monástica. En el pensamiento de san Benito, la humildad es una virtud general, tiene un carácter extendido y comprensivo. Encierra al hombre entero, informa toda su vida, inspira todas sus virtudes; nada se le escapa de nuestros pensamientos, de nuestros quereres, de nuestros actos exteriores y sensibles, al punto de que su intención general es de darnos ante Dios la actitud conveniente. La fe nos ha introducido en una región alta; todavía falta saber cómo mantenerse allí. Si hemos comprendido bien el rol de la fe, que nos hace entrar en el mundo de Dios, reconoceremos enseguida que la función propia de la humildad es darnos la actitud que conviene delante de Él.

Nuestra actitud de cara a Dios estará determinada por la apreciación sana de lo que Él es respecto a nosotros y de lo que somos nosotros respecto a Él. Nosotros somos creaturas, es decir, lo tenemos todo de Dios: el cuerpo, el alma, la vida, la duración, las influencias, las direcciones, el día de nuestra muerte, en fin, todo. A ese título, Dios tiene sobre nosotros un derecho absoluto de propiedad y de autoridad. No hay nada allí que nos deba espantar. Es el gozo más alto de la creatura reconocer esta soberanía divina y abandonarse a este poder. Y jamás el Señor nos hace tanto honor como cuando dispone de nosotros a su gusto, sin pedirnos consejo, sin parecer sospechar siquiera que habrá una duda en nuestra voluntad o un estremecimiento en nuestra carne. Así fueron tratados Abraham, los Profetas, san Juan Bautista, la Santísima Virgen, Nuestro Señor Jesucristo. Aquellos que tienen corazón lo comprenden bien. ¿Hay que agregar que nosotros hemos juzgado bueno extender y consagrar, por la profesión monástica, los derechos de Dios sobre nosotros? Ligados a Dios en tanto que creaturas, lo estamos también en tanto que rescatados con el precio de su Sangre, en tanto que pecadores perdonados y arrancados, tal vez muchas veces, del infierno; lo somos a título de nuestra filiación adoptiva, y porque, permaneciendo débiles, vivimos en una perpetua necesidad de Dios. Se trata de no perder a Dios, y se lo pierde por la exaltación; se trata de permanecer unido a Él, como el hijo al seno de su madre, de vivir en Él, de crecer en Él, y esa es la obra de la humildad. Realmente, ¿queréis a Dios? ¿Queréis subir a Él de una forma rápida y segura y llegar a la gloriosa exaltación del cielo? Entonces tendréis que renunciar a la falsa exaltación de la vida presente y consentir a la humildad. La humildad parece hacernos descender hasta los confines de la nada: y sin embargo es en sus profundidades donde encontramos la plenitud del ser. La humildad es más bien una ascensión, puesto que el término supremo de este abajamiento es en realidad una cima, que es Dios.

La humildad cristiana y monástica no es entonces un simple hábito exterior y material, conquistado por un ejercicio de docilidad. No es tampoco una virtud de los labios. No consiste en el desprecio de sí: hay seres de una abyección perfecta que se desprecian sinceramente, sin merecer por eso el nombre de humildes. La humildad puede ser definida así: una actitud de verdad, fundada sobre la inteligencia sobrenatural. Si la fe está en la inteligencia, es fácil ver que la disposición de la humildad está sobre todo en la voluntad, puesto que consiste esencialmente en una actitud práctica de dependencia y de sumisión hacia Dios. Es así que son transformadas las formas superiores de nuestra vida; la fe se establece en la inteligencia para iluminarla con la verdadera luz, la humildad se apodera de la voluntad inclinándola ante los derechos que Dios posee de ser obedecido por nosotros. Así se realiza nuestra educación sobrenatural: así se establecen en nosotros el reino y la soberanía de Dios.

La obediencia

Si nuestra inteligencia es orientada por la fe, nuestra voluntad regida por la humildad, con la gracia de Dios vendrá también la obediencia, sin retardo, sin lentitud, sin tristeza, movida por la caridad. Una entrega interior de nuestra energía sobrenatural nos llevará a todo lo que Dios quiere, a todo lo que Él ama.

San Benito muestra sobreabundantemente en su Regla la importancia de la obediencia. Proclama su valor soberano y declara que ella es la cima, el resumen y la expresión más acabada de la humildad. No se trata en efecto de una obediencia cualquiera, sino de la obediencia diligente y afectuosa, la única verdadera, la única digna de Dios y de nosotros mismos; es de ella solamente que aquí tratamos. Los monjes no podrían contentarse con unas formas disminuidas e inferiores de obediencia. Mientras nosotros tengamos nuestro programa personal, mientras definamos por nosotros mismos nuestra dirección y el empleo de nuestra actividad, no seremos libres y el Señor no será libre en nosotros. Pero desde el día en que no haya nada que nosotros amemos fuera de Dios, o amemos más que Dios, nos convertiremos en sus manos en una fuerza que Él podrá utilizar según su deseo y agrado. La obediencia pronta, dice San Benito, es la propia de aquellos que estiman no tener nada más querido que a Cristo. Aquellos que aman al Señor no pueden soportar un retraso en la ejecución de la orden dada, las dilaciones son imposibles. Ellos han reconocido la voz del Señor. La persona del Superior, con su carácter o sus defectos, no les proporciona jamás un pretexto para apartarse de la obediencia. Ellos no distinguen entre aquello que viene directamente de Dios y aquello que viene también de Él, pero por medio de un hombre. Es siempre a Dios a quien obedecen, como lo afirma el mismo Señor respecto de aquellos que lo representan: «Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha» (Lc 10,16). En cuanto a las cosas, ellas no tienen color ni sabor en tanto que Dios las quiere y las ama; ellas son indiferentes en sí mismas hasta que haya aparecido la relación que sostienen con la voluntad divina. El simple hecho doctrinal de que al Señor va toda nuestra obediencia nos da la medida de su dignidad y de su mérito; Él pide la ejecución rápida y se felicita con orgullo de ser tan bien escuchado y comprendido.

Es justo para el Señor felicitarse, puesto que nuestra obediencia es su obra. Comprendámoslo bien. Nuestra alma es un santuario, el santuario del Dios vivo. Una efusión de la vida del Señor se ha derramado en nosotros, y nuestra obediencia no será perfecta hasta que ella llegue a ser una deferencia profunda y continua hacia Aquél que vive en nuestro corazón, una comunión interior con la vida de Aquél «que por nosotros se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz».

Es sencillo mostrar la relación íntima de la obediencia con las tres virtudes teologales. Es fe, puesto que nosotros creemos en las voluntades de este Dios que se esconde en la persona de los superiores. Es esperanza, pues nosotros hacemos nuestro el programa de Dios para el tiempo y para la eternidad. Es caridad, pues según San Juan «aquél que guarda la palabra del Señor, posee el amor de Dios en su plenitud» (1 Jn 2,5). También la obediencia implica el ejercicio de la adoración en espíritu y en verdad, el homenaje esencial que Dios pide a su criatura rescatada. Se puede decir de la obediencia que ella resume todo el cristianismo.

Vida de San Antonio Abad, de San Atanasio

«Ut in ómnibus glorificetur Deus».